Burlesque72

Abrí los ojos, estaba la noche…

Dos vasos con la certera porción del olvido

Amigo. ¿Hecho cenizas y escuchando música de elevador? Quizá los vientos de eternidad se terminaron, los invencibles no sembraron tulipanes perennes y sólo nos dimos cuenta con tu abruta manera de partir. Uno se muere. Uno es finito. Caímos en la cuenta de que la mejor manera de morir es suicidarse con la sonrisa iluminada en las algebraicas noches de huída. Huíamos. Teníamos miedo. Nos bañamos por dentro con nuestras gloriosas anécdotas, con el cimiento de una circunstancia que nos era ajena, que nos rebasó en la inmediatez. En realidad nunca apostamos al futuro, nos inscribimos en la comunidad del minuto irrestricto hasta el límite. Forjamos. En todas las cantinas repartimos cheques sin especificar la cantidad. Nunca le vimos la sotana y la hoz, nunca descubrió su esqueleto, se filtró amistosamente por las venas del más vulnerable, del menos correoso, distendió tu abdomen y te redujo el hígado a un amasijo de plastilina, como esos que a veces mi hijo olvida en el patio, bajo el sol se puso tieso, brotaron las perforaciones internas y sangraste en abundancia, por tu estómago se distribuyeron los océanos de ron, de ginebra, de piedras y bulls, de sangrías bicolores como los avisos en tu piel, encendiste la bomba y el tequila subió hasta tus ojos que simulaban dos enormes tinacos amarillos. Repletos, inflamados, sin gritos de auxilio, esta vez sin llantos imaginarios. Todo fue real, la soledad, la amargura, la magnitud del que invierte y nada consigue, los pagos uno tras otro y la deuda en vez de disminuir ensanchaba nuestras caderas, tu vientre. Tus brazos, tus piernas, eran popotes, cañas que no soportaban ya la tercera tanda frente a la batería, las baquetas dos plomos y el rock una monserga porque en los últimos días preferías los tríos, la salsa, lo que fuera excepto el silencio que tanto beneficio te hubiera hecho. Alguna vez escucharte a ti, dialogar con ese que sólo dejabas filtrarse a cuentagotas, te cortaste el pelo para ver si eso contribuía a espantar los zopilotes, en realidad bajaban a comer de tu mano y los acariciabas, te mirabas en ellos y te persiguieron hasta el final. Me hice a un lado. ¿Me salvé? Los últimos cuatro meses quise desentenderme, desdecirme de la promesa del último vaso, te interné en el hospital, ahí comencé a olvidarme de ti. Sin más. El diablo me dijo al oído: se acabo. Luego la ciudad de México y tú en el féretro y yo sin poder llorar, y Morelia y los abrazos y la rudeza gris, la violencia del vacío. Amigo, no eres ejemplo para ninguno, no me la creo, sigo en la brega cotidiana sin amansar los demonios, se me aparecen en las esquinas para exigirme angustias o cigarros y trato de apaciguarlos con toneladas de palabras escritas por otros y terapia y el reencuentro laboral con ciertas habilidades periodísticas. La mano de Ollin ahuyenta la posibilidad de sufrimiento y con su mirada transparente asiente que es lógico el dolor sin perderse en el arrebato del destino. Me invita a construir, le ayudo con los tornillos de su nueva bicicleta, leemos juntos, nos agotamos en las cosquillas y en la risa franca, generosa, espléndida, tenemos planes para un jardín y plantas y flores y un columpio donde quepamos los dos, para mirar el atardecer y musitar canciones de Cri Cri. Si soy Bukowski o Ruvalcaba a él lo tiene sin cuidado, necesita un padre, un humano a su lado que le dé cierta ruta, empujón, fortaleza y seguridad para aprender a cruzar las calles, para matar arañas, para soportar este país que se consume en la estupidez política. Pala y cemento, amarro varilla, coloco cimientos, bebo ron por las noches y fumo en exceso frente a la ciudad, parece menos hostil, menos burda, menos impropia, menos avasalladora. Amanece 2 de agosto y tú estás muerto, te fundiste y es tiempo de abandonar la caja fúnebre en algún bar o congal de tercera, con música de los Stones o de Rigo, con llanto, con dolor, con astucia, con la felicidad que celebra la vida en esas muertes que a la distancia serenan nuestras decisiones y albedríos. Estás muerto. Estoy vivo. Déjame urbanizar con tu recuerdo, subsiste callado, no digas que estás ahí, no des señales. Serví dos vasos con nuestra porción de olvido, sin refresco, a lo macho… Salud.

PD: Estás muerto, sin duda esta carta la escribí para mí.

agosto 1, 2007 Publicado por | Fieles insumisos, Museo de la entrepierna, Para bajarle grados a la realidad | 6 comentarios

   

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