Te miro…
en la penumbra hechiza que fabrico para devorarte, en mis palabras inermes que llevan el tufo de la reiteración, en mi pánico arbolado de soledad, en esta cama donde resuelvo mis temores más nítidos, a tu lado, en estas trizas inconformes de mi piel, en la fábula deliciosa que nadie cree, en la recriminación más simple, en el compadecerte y fingir un te quiero, en las reminiscencias de ciudad, de luces neón y farolas descompuestas, en la solidaridad de nuestro perro escuálido que se murió ayer atropellado, en la mente que uso por primera vez para pensarte, en la catarsis de la noche sin rutina, en la morosa astucia de tu boca que me besa en el ombligo, en tu lengua curtida por tanto repasar erecciones mías y de todos en turno, en tus retinas que apenas dejaron de llorar y soltar espasmos, en la cortina raída donde ya se filtra el sol de la mañana, en la emergencia de alimentarte bien y que ya no se te dibuje la piel en las costillas, en la posibilidad de alguna vez comprarte un vestido azul sin lentejuelas, en la idea firme de nuestra revolución con esperanzas de quedar vivos, en la angustia que me invade cada ausencia de tus pies con callos, en el mientras y en el después del beso, en los tacones rascacielos con los que taladras la duela del cuarto, en tu vacilar de piernas espigadas, en el andar lúdico de esquina a esquina. en la vorágine de tu voluntad y mis quinientos pesos, en el pago por adelantado, en la botella que vaciamos en el estómago a tragos largos, en el danzón que bailamos sobre machas oscuras de nicotina, en la ambiciosa mezcla de sudores tibios, en la raya tersa que divide tu cuerpo, en la rapidez con que desnudas el mundo, en la notable aspereza de tus manos, en el te platico y no me escuchas, en el te duermes y yo fumo, en el te escribo y no me lees, en el soy música y no me escuchas, en el soberano todo poderoso del que siempre vamos a dudar, en el insobornable cuidador del paraíso, donde siempre te has querido entrometer y no te dejan, en el poema cursi que te escribo y haces confeti para evitar el conjuro de tener que amarnos, en el beso que te doy en los párpados, en tus ojos de espejo donde las miserias se vuelven mínimas, en el calibre de la pistola que te pongo en la cabeza, en la cien que estalla cuando penetra la bala, en tu sangre que bebo en un vaso para jaibol con refresco mineral, en tus alas de murciélago, listo para la mordida al cuello, en tus melodiosas ironías sobre la felicidad humana, en los consejos que me das para que no te extrañe, en el filoso abismo donde nos tiramos para conspirar unidos sólo por el dedo meñique, en los trazos de melancolía donde dibujo corazones atravesados por flechas, en mis preguntas rencorosas por las ansias de futuro, en tu capacidad alabastrina para no mentir, en tu respuesta siempre no y en el pero y en el sin embargo, en el resultado de los dados sin ánimos de azar, en mi ficción de ti aquí bajo las sábanas, en el vértigo de saber que importa más el resultado que tener los ases en la mano, en la brutalidad que se arroja a carcajadas sobre el porvenir, en la construcción de historias sobre exilios, en la sacudida de tu vientre que me deja enjuto, en la violación de códigos no escritos sobre lo que fuimos, en el riesgo de ahorcarnos con las piernas mientras el sesentaynueve, en el ron que eructo cuando te muerdo la nariz, en la franqueza de mis dedos que te exploran sin clemencia, en tus orificios donde aspiro tu aliento y tu perniciosa digestión, en la dócil vitalidad de tus pechos angelados, en el tener que crecer y ser adulto, en el dejar el biberón para subrir a la resbaladilla, en la nostalgia por el vientre y por el cordón umbilical, en la rigidez del viento cuando nos convertimos en piedra, en el finiquito que me dejas sobre la almohada cuando te vas, en tu demora de infierno antes del camuflaje otra vez en la costumbre, en la risa que sacude mi futuro, en la página del suplemento donde terminarás como empezaste, como la nada que miro y que no tengo. Al final del Motel te esfumas, quiero sonreír y la mueca es un suspiro alcohólico, pestilencia de resaca que intentó dignificar una vez más el ideario de las prostitutas. Hace frío, con tanto calor en la piel del cuerpo.
El infierno en mis dedos
Qué siento cuando te toco. Qué siento. Qué siento cuando mi mano comienza por tu ombligo. Cuándo lucho contra tu cinturón que ya aprendí a soltar con una ligera presión entre índice y pulgar. Qué siento. Cuándo meto mi mano bajo tu calzón y comienzo a sentir ese ejército de pelillos recortados, como cabeza de militar, de casquete corto. Te toco. Siento como te abres, cómo estás partida por la mitad como todas las mujeres, con la diferencia de que tú no eres todas las mujeres, sino la mía. Tocarte significa poseerte, sí, en la versión del macho que domina a su hembra y lo constata con la trasgresión de su intimidad más sagrada, es mía desde ahí dentro, desde su entraña. Mirarte la cara, mirar cómo te transforma el deseo, cómo esa mirada se entrecierra y se nubla y va y viene y se deja ir, se aleja, se te van los ojos hacia adentro y tengo miedo de que no vayan a regresar, no sé si lo hago bien o mal, si mi técnica es buena, si soy demasiado rudo o tierno, no pienso en eso. Te toco y me sorprende lo amigable de tu cuerpo, lo hospitalario conmigo como si yo fuera un huésped frecuente y conociera meticulosamente tus recovecos, como si me hubieras dado un mapa dos dedos a la izquierda, seis de frente y tres a la derecha para descubrir tu clítoris, ese pedazo de carne húmedo, tu montículo diminuto que me encanta sorber, botón de encendido, play, timbre, ding dong, para calentarte, para abrasarte, para subirte la temperatura, para saber si me deseas también y como preámbulo para invadirte. Recibes mi mano con la violencia de un torrente que se precipita en ansiedad desde tu interior, quiero tocarte los senos, tu ombligo, las que nombras tus lonjas, la entrepierna, tu vagina. Meter mano intenta ser un preámbulo para incinerarte, para cogerte, para cabalgarte, para penetrarte, para todo eso y más. Lo sabes, me lo preguntaste bajo las sábanas, te lo respondí y lo grito cada vez que puedo, cuando tus ausencias me trastornan la existencia y soy un guiñapo, un indigente, una franela de lavacoches, un niño abandonado en ciudad desconocida, una nada que requiere de todo porque ya tiene noción de la existencia de algo, de ti, de la posibilidad, de la promesa, de una trasformación mutua. Tu cuerpo es el infierno en mis dedos.
Hacer el amor…
…en la moralidad acuífera de los días, en los tugurios incalificables que circundan la ciudad, en los monumentos a los héroes nacionales henchidos de bronce y olvido, en las paradas del camión, en la sala de espera de los consultorios médicos mientras se espera al dentista, en las ventanas sin cortinas de las oficinas públicas, frente a la computadora mientras se escribe un burlesque, en los cines como preámbulo a los cortos de estreno, en los descansos escolares, en los patios de las escuelas, en la oficina del director de la empresa, en la fila de las tortillas, entre que sucede el verde otra vez en el semáforo, para ganarse unos pesos en lugar de limpiar parabrisas, en el congelador de una carnicería, en la plaza de toros y entre el equipo de cuadrilla, hacer el amor como remedio, como penitencia, como reflejo, como anhelo, con ganas, con amor y sin amor, con mucho humor, hacer el amor con ella o para darle celos, hacer el amor en las fuentes secas, en cada árbol para que no se seque, en las tuberías malolientes, hacer el amor frente a los perros para que vean lo que se siente, aunque nos echen agua, en los tinacos, en los aljibes, en los charcos, en los finales del vaso, en los auto lavados mientras los cepillos acarician la carrocería, hacer el amor antes de ir al pan y después de comer el pan, frente a los soldados en la zona militar, en el acueducto, frente al centro de readaptación, frente a los nosocomios y su servicio de urgencias, en el psiquiátrico, en los asilos de ancianos, en los orfanatos, frente a las sedes de los partidos políticos, frente a la casa de la novia que nunca nos peló, en las azoteas, en el atrio de la iglesia, hacer el amor tocando la guitarra, sin soltar la copa, sobre un montón de cartas sin destinatario, sobre un alambre como equilibristas, sin dinero, sin trabajo, sin destino, en el mercado frente a la señora de los jitomates, en el carrito paletero, sobre el plato que sostienen las Tarascas, arriando la bandera monumental, entre la falla de Santa María, en los conjuntos residenciales popof, en los jardines de CU, frente a la puerta de Rectoría, en las ventanillas de los bancos, en las cocheras de los moteles, en la cima del Quinceo, en la Pirámide del Sol, cuando juega el Cruz Azul, cuando ganamos, perdemos o empatamos, en la cruda, en la terapia con la psicóloga, en la pulquería, en los baños de Sanborns, en la tlapalería, en el balneario, en los baños públicos, en la milpa, en la penca, tenga para que se entretenga, hacer el amor en la cola para esperar la beca, el litro de leche, el pago de honorarios, el pago de la tenencia y de las placas, hacer el amor en el Monte de Piedad (¿cuánto me da por esta posición, por este chivo sin precipicio?), durante el informe de gobierno, frente al gobernador, el presidente, los diputados, en la tribuna del Congreso local, hacer el amor en La Tertulia, en el panteón, en la salida a Salamanca, a Quiroga, a Guadalajara, en trajinera, en barco, en cayac, en el camino a la tenencia, en los filtros viejos, en el mirador, en el Arcadia, en la central de autobuses, en bicicleta, en avalancha, en tres patines, con dolor de cabeza, sin cabeza, con la coleta recién cortada, en una manifestación, en un mitin, en el microondas, en el microbús, en el guajolotero, en la vagancia, mientras te leo, mientras me lees, cortándome la uñas, en el Internet, con los calcetines puestos, en la vitrina del puesto de carnitas, frente a tu kinder, en tu recuerdo, en tu noche, en el infierno, en el teatro Ocampo, en el aula mater frente al corazón de Melchor, en época de lluvia entre los hongos, en época de secas sin condón, hacer el amor el día de muertos atorados en Janitzio, en calidoscopio, debajo de un torito de petate, en los cenadores frente a los leones del zoológico, en las Carabelas sin Colón, en el puño de Morelos, en el auto negro o en el coche azul, en la solemnidad de semana santa, frente a los turistas, en el rezo perpetuo, en una cama de hospital, en el menudo de doña Herme, mirando televisión, en un ring de lucha libre, en la graduación de tu cuñada, en la boda de tus papás, hacer el amor cuando me entierres o cuando te bautice, en los juegos de canicas de las ferias, en la alfombra roja de los festivales, en las presentaciones de los libros, en las exposiciones de pintura, arriba de una tortuga caguama, en un trampolín, en el clavado, en una palmera bajando cocos, en medio de la Mintzita, en tus ojos o en los míos, entre nopaleras, en la casa de la risa, en la rueda de la fortuna, con gripa, con honores, con licenciatura, con permiso, por favor, hacer el amor en la central de abastos, en la cantina, en San Agustín, en la casa del estudiante, en el café de paso, en la casa de tu amiga, mientras estudias para el examen de Historia, en sueños, cuando despiertas, a las tres de la mañana, antes de que nos volvamos a perder, en el vuelo, en el viaje, apagando las velas en los cumpleaños, en los funerales, en los conciertos al aire libre, en los escenarios, en las banquetas, en los estadios de futbol, en las casetas de policía, sobre un vagón del ferrocarril, amarrados a la vía del tren, a ciegas, mudos, tuertos, cojos, mancos, locos, viejos, turbios, duros, tiernos, infantiles, sin tener que casarnos, frente a tu mamá, después de aventar el bolo, porque amaneció otra vez, por el bolero, por el tango, por la duda, por el capricho de pertenecer, para sumar, para restar, para multiplicar, mientras te espero, mientras me olvido, hacer el amor y al final un cigarrito… Hacer el amor, pero nunca por encargo…
Cien libélulas para Camelia
Camelia no bailaba en las mesas como el resto de de sus compañeras, estaba en ese congal por lástima que le tenía la dueña. Me contó que un día llegó a Morelia procedente de Veracruz, no hacía mucho, unos tres meses atrás, no me dijo por qué y yo no insistí en saber su pasado. Le dolía hablar de eso, respeté su silencio, pero me inquietó su cadavérica figura, su menudo cuerpo sin carnes, enjuta, dibujada en los huesos, ninguna descripción sería capaz de acercarse siquiera a la realidad cruel que denotaba su piel. Aparentaba una anciana y sólo 16 años registraba desde su nacimiento, su acta, un papel amarillento y sucio, eran el único cargamento con el que llego a la ciudad, para identificarse por lo menos, decía. No supe si para identificarse ante la gente como una mal nacida, definición que ella se propinaba, o para identificase consigo, Camelia Narda González Carrera, esto soy al menos, un nombre, cuatro palabras y un reducido cuerpo donde encontrar cierta identidad. Al menos este papel me pertenece porque dice quien soy. Se acercó a mi mesa a ofrecerme cigarros, boletos para un sexy o un téibol, unos chicles o mínimo, una ayudadita. Me dijo que por cincuenta pesos podría darme una chupadita en el cuarto del fondo. Le invité un refresco y le dejé sobre la mesa un billete de cien. Aceptó sentarse a conversar. No acabó la secundaria y emigró del puerto, no tenía familia y se quedaba en ese bar maloliente que cerraba hasta que el sol terminaba por desplazar a la noche. Comía lo que le regalaban o lo que podía robarse en algún mercado, vivía de la gente caritativa y de su habilidad, decía, con la boca. Tengo mi encanto y algunos me vienen a buscar, los más pobretones que no tienen para pagarse una de las otras. Tenía los labios partidos, secos, con despojos de un rosa pálido, llevaba los dientes sin lavar y la sonrisa que intentaba a veces se transformaba en una mueca de desazón y miedo. Le expliqué que yo no estaba ahí para encontrar sexo, que regresaba de la ciudad de México henchido por una voraz crisis alcohólica que ya no me permitió manejar un kilómetro más. Encontré abierto el lugar y me incorporé al abismo para restablecer mi pulso, para quitarme la temblorina ya casi confundida con mal de parkinson. ¿Eres un borrachote?, me preguntó sin miramiento alguno, Más o menos, le respondí con una carcajada franca que me acercó a ella en términos de solidaridad, los dos estábamos ahí más solitarios que nada y con un intenso miedo por el mundo de afuera por las razones que fueran. Le pregunté si sabía leer, me dijo que sí, le regalé un libro que bajé del coche por la manía de traer siempre uno en la mano. Era un libro de poesía contemporánea, Sabines, Neruda, Huerta, Bartolomé. Pagué y me despedí de ella. Me alcanzó en la puerta y me pidió que me despidiera con un beso, como si la gran amistad, dijo. Le anoté mi teléfono en la palma de su mano, por si necesitas algo o quieres saludarme, los amigos lo hacen de vez en cuando. Dos semanas después me llamó, quedamos de vernos en el bosque Cuauhtémoc, junto a la fuente. Impuntual como soy, ya me estaba esperando cuando aparecí, sería la una de la tarde y el sol caía a plomo, mala hora para vernos, le expliqué mi eterno conflicto con el calor y mejor nos fuimos a una fondita cerca de ahí, nos sentamos al lado de un ventilador y le invité una torta, comimos gustosos dos tortas de mole cada uno, yo me manché la camisa y ella quiso lavarla en el baño. No, eso sería una grosería a la vista de todos, imagínate mis lonjas expuestas a las miradas ajenas. Se rió en serio. Noté que había cierta ingenuidad reservada en su mirada, me la regaló a mí y a punto estuve de ponerme a llorar. No lo hice por cuidado de no turbarla. Me encantó el libró, por eso te llamé, para que me regales otro. Me sorprendió. Charlamos de los amorosos y fue fascinante atestiguar la aprehensión de las palabras que había conseguido Camelia en esos textos. Sólo traigo uno en el coche, si quieres vamos y te lo regalo. Se fue muy contenta con un libro de Villaurrutia. Desapareció un mes, pensé que jamás se reportaría y que nuestra amistad ya profunda por ser a través de la literatura sería efímera en el ámbito de la temporalidad. Volvió a llamar, te espero en el bosque, en la tarde cuando ya no haga tanto calor. Pactamos en vernos a las seis. Me esperaba con una sonrisa, se veía repuesta, con algún color en las mejillas, se le notaban menos los huesos. Son tus libros los que me han traído la vida. Quedé atónito y maravillado. Espero que me hayas traído otro regalo. Asentí. Esta vez le llevé una colección de cuentos para jóvenes. Se puso feliz. Nos sentamos en el pasto y charlamos de mi vida, de mis cosas, mis gustos, mis manías, mis aficiones e incluso, vaya, de mis amores. Se acercó y me dio un beso en los labios, mentiría si declaro que fue un beso inocente o de amigos. La niña de 16 compartía su lengua con alguien que le doblaba la edad, en público, en un parque, con luz de día. Duró bastante y luego nos abrazamos hasta que un bicho volador me hizo levantarme y correr unos pasos atemorizado. ¿Le tienes miedo a una libélula? Le tengo miedo hasta a las hormigas, confesé. A mi me encantan las libélulas, son divertidas y se ve que son tan libres… Bueno, ya me voy, te cuidas, echó a correr sin más. Fue la última vez que la vi. Como no telefoneó la busqué en el burdel don de la primera vez. Me contaron que había enfermado de hepatitis y que no soportó ni quince días. La enterraron en la fosa común. Le había platicado de mí y me entregaron un sobre que pensaba darme en nuestro próximo encuentro. En el interior había una hoja con un dibujo y una frase: las libélulas son tan libres como los besos que se quieren dar sin cobrar por ellos. Salí destrozado con unos seis rones en las venas. Ahora bosquejo libélulas en mi cuaderno, las copio de la que ella me regaló. No soy hábil en eso, pero intento aprender en cada trazo para después arrojarlas al cielo, libres, como ella ahora. Me faltan muchas, apenas llevo cuarenta y tres.
Mis dedos en tu piel, nostalgia por una mano
I. Pulgar
Primero eran las cuatro dactilares: del índice, del corazón, del anular y del meñique. Sobre un minúsculo trozo de tu vientre del lado izquierdo, sin presión, perceptible
apenas por el roce de esas ondas que impresas en tinta delatarían mi identidad. Un mitin dérmico a cuatro dedos. Ya luego aterrizaba el pulgar, la fotografía digital ancha y gorda que se extendía impresa en franca línea recta por tu ecuador. Tus dedos caminaban en dirección a mi ombligo, tu mano semejaba una araña torva, lisiada, que arrastraba una pata por detrás de las otras, sin prisa, se detenía en cada tejido, en cada célula, medías en milímetros la margen de mi planisferio. A veces se aburría de tu piel y penetraba en tu boca, entre tus labios iba y venía como segueta cortando fierro, sin desesperación ni ánimos de terminar, se minaban por mi falange los restos húmedos de un supuesto manifiesto erótico, con residuos de tu trago de vodka siempre en las rocas.
II. Índice.
Dicen que sirve para señalar, indica, ¿indica qué?, ya en las salientes de mis pechos sólo eran círculos, interminables, el túnel del tiempo o la espiral lisérgica, pis an lov, la sicodelia sin música, sólo la repetición supongo involuntaria de jugar con un pezón como si fuera pelota pegada al piso. Imaginaba que algún día se tendría que desprender, con tantas vueltas que yo le prodigaba, insistente y necio, como si ese chícharo de pronto se transformara en la perilla de un reloj o en un botón que me regalaría unas notas de Berlioz después de oprimirlo, exprimirlo. A veces llorabas y yo tenía que pedir perdón. Me silenciabas con el mismo dedo sobre mi boca, querías mirarme callado, desnudamente callado, mientras sollozabas y rechinabas los dientes, te guardabas tu dolencia bajo una mirada de odio.
III. Corazón
Me dijiste que así se llamaba, me reí, es un pito, aclaré, cómo va a ser un corazón. Así se llama el dedo medio, explicaste paciente, sacaste el libro y hasta dibujos frente a mis ojos para imponer tu exquisita academia, para denunciar y dejar al descubierto mi formación alburera, forjada en la teoría del maestro Rafael Inclán y las películas de ficheras. Cerraba los ojos y sólo te pedía un poco de amabilidad, conmiseración para con mi clítoris, la sutileza que no tenías con mis senos cuando la sangre te hervía. Me gusta tu ranura, decías en mi oído y yo reía por la ocurrencia de tu sustantivo. Mientras experimentaba primero la suavidad de tu yema en el ir y luego la rugosidad de tu uña en el venir, imaginaba tu dedo repasando una y otra vez la abertura de la alcancía donde nunca pudiste guardar más que la imaginación por la riqueza, siempre fuiste un despilfarrador. Mi dedo como preludio.
IV. Anular
Sin anillo. Tus manías de rascarte la nariz o empujar por el puente tus lentes contra la nariz, cada treinta y tres segundos mientras me hablabas de Carlos Fuentes. Golpeabas la mesa para seguir el ritmo, si era un son cubano o un danzón mucho mejor. Me servía para el requinto, compositor frustrado cuando tocaba la guitarra, notas vagabundas sobre el colchón de la matrimonial, sin rumbo fijo, acostumbradas a la libertad de visitar cualquier enjambre acústico, de tu cuerpo, de mi soledad cuando dormías cansada a pierna suelta y en el delirio del ronquido sin medida. Me mordía el anular, antes de borrar lo escrito, al carajo el intento de poesía, sobre el teclado para la k, la l, la p, no gran cosa, en tu piel para repasar tu mejilla, para aquietar las lágrimas, para catapultar los mocos cuando niño.
V. Meñique
Me fastidia el nombre. Pobre de este pequeñuelo que ni para hacer cosquillas. Si fueras pianista le tendrías respeto, ¿sí o no? Tienes cuatro más, por eso lo desprecias. Tu defensa era certera, el que tiene menos fuerza y por lo mismo el más tenue, el más grácil, el más etéreo. Aún así, tus sinónimos no lo enderezan, lo tengo chueco, ya lo ves, curva visible hacia el hermano anterior. ¿Hermanos?, me preguntabas. Sí, míralos en su conjunto, será el día en que los extrañarás como está escrito. Levanta tu ron y observa la elegancia del meñique. Es un huevón, no hace nada. Por lo mismo, tal vez mi nostalgia de él, proviene de lo que nunca hizo. Y sin embargo, siempre anduvo divertido en tu piel. Apreciaba su recuerdo sobre cierta habilidad dérmica desarrollada entre ambos, sin embargo, ahora todo se volvió pretérito, toda esta felicidad figurativa siempre antes de la embolia.
Dos vasos con la certera porción del olvido
Amigo. ¿Hecho cenizas y escuchando música de elevador? Quizá los vientos de eternidad se terminaron, los invencibles no sembraron tulipanes perennes y sólo nos dimos cuenta con tu abruta manera de partir. Uno se muere. Uno es finito. Caímos en la cuenta de que la mejor manera de morir es suicidarse con la sonrisa iluminada en las algebraicas noches de huída. Huíamos. Teníamos miedo. Nos bañamos por dentro con nuestras gloriosas anécdotas, con el cimiento de una circunstancia que nos era ajena, que nos rebasó en la inmediatez. En realidad nunca apostamos al futuro, nos inscribimos en la comunidad del minuto irrestricto hasta el límite. Forjamos. En todas las cantinas repartimos cheques sin especificar la cantidad. Nunca le vimos la sotana y la hoz, nunca descubrió su esqueleto, se filtró amistosamente por las venas del más vulnerable, del menos correoso, distendió tu abdomen y te redujo el hígado a un amasijo de plastilina, como esos que a veces mi hijo olvida en el patio, bajo el sol se puso tieso, brotaron las perforaciones internas y sangraste en abundancia, por tu estómago se distribuyeron los océanos de ron, de ginebra, de piedras y bulls, de sangrías bicolores como los avisos en tu piel, encendiste la bomba y el tequila subió hasta tus ojos que simulaban dos enormes tinacos amarillos. Repletos, inflamados, sin gritos de auxilio, esta vez sin llantos imaginarios. Todo fue real, la soledad, la amargura, la magnitud del que invierte y nada consigue, los pagos uno tras otro y la deuda en vez de disminuir ensanchaba nuestras caderas, tu vientre. Tus brazos, tus piernas, eran popotes, cañas que no soportaban ya la tercera tanda frente a la batería, las baquetas dos plomos y el rock una monserga porque en los últimos días preferías los tríos, la salsa, lo que fuera excepto el silencio que tanto beneficio te hubiera hecho. Alguna vez escucharte a ti, dialogar con ese que sólo dejabas filtrarse a cuentagotas, te cortaste el pelo para ver si eso contribuía a espantar los zopilotes, en realidad bajaban a comer de tu mano y los acariciabas, te mirabas en ellos y te persiguieron hasta el final. Me hice a un lado. ¿Me salvé? Los últimos cuatro meses quise desentenderme, desdecirme de la promesa del último vaso, te interné en el hospital, ahí comencé a olvidarme de ti. Sin más. El diablo me dijo al oído: se acabo. Luego la ciudad de México y tú en el féretro y yo sin poder llorar, y Morelia y los abrazos y la rudeza gris, la violencia del vacío. Amigo, no eres ejemplo para ninguno, no me la creo, sigo en la brega cotidiana sin amansar los demonios, se me aparecen en las esquinas para exigirme angustias o cigarros y trato de apaciguarlos con toneladas de palabras escritas por otros y terapia y el reencuentro laboral con ciertas habilidades periodísticas. La mano de Ollin ahuyenta la posibilidad de sufrimiento y con su mirada transparente asiente que es lógico el dolor sin perderse en el arrebato del destino. Me invita a construir, le ayudo con los tornillos de su nueva bicicleta, leemos juntos, nos agotamos en las cosquillas y en la risa franca, generosa, espléndida, tenemos planes para un jardín y plantas y flores y un columpio donde quepamos los dos, para mirar el atardecer y musitar canciones de Cri Cri. Si soy Bukowski o Ruvalcaba a él lo tiene sin cuidado, necesita un padre, un humano a su lado que le dé cierta ruta, empujón, fortaleza y seguridad para aprender a cruzar las calles, para matar arañas, para soportar este país que se consume en la estupidez política. Pala y cemento, amarro varilla, coloco cimientos, bebo ron por las noches y fumo en exceso frente a la ciudad, parece menos hostil, menos burda, menos impropia, menos avasalladora. Amanece 2 de agosto y tú estás muerto, te fundiste y es tiempo de abandonar la caja fúnebre en algún bar o congal de tercera, con música de los Stones o de Rigo, con llanto, con dolor, con astucia, con la felicidad que celebra la vida en esas muertes que a la distancia serenan nuestras decisiones y albedríos. Estás muerto. Estoy vivo. Déjame urbanizar con tu recuerdo, subsiste callado, no digas que estás ahí, no des señales. Serví dos vasos con nuestra porción de olvido, sin refresco, a lo macho… Salud.
PD: Estás muerto, sin duda esta carta la escribí para mí.
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