Burlesque72

Abrí los ojos, estaba la noche…

Sin vuelcos en las papilas gustativas

“Te invito un ron”. Así me escribió en un correo electrónico, segura de sí misma y de las posibilidades de que ese anzuelo no sería despreciado por la voracidad sedienta de Virgilio al acecho. En efecto. Dije sí. ¿Dónde nos vemos? Se declaró lectora ferviente de la primera temporada de Burlesque por allá de los últimos días de siglo pasado. Suplemento de cultura Acento, última página. Columna para bajarle la temperatura intelectual al radiador. Pactamos en los portales de cantera rosa un sábado en la medianía de la mañana cuando el sol incendia las retinas. Noche anterior en la normalidad del discurso rocanrolero findesemana aleluya: ron y más ron. Calaveras y diablitos formados para la manifestación del festejo inmoderado por inagotable. En aquellos pretéritos en que terminar el jolgorio a las cinco de la madrugada era considerado acto fresa. No recuerdo la hora en que Morfeo me atrapó en su desesperada manía de violentar siempre mi vocación vampírica. Entonces soltero, el manotazo para despertar fue del despertador. En ocasiones normales, el aparato saltaba en parábola por los aires para caer ya debilitado sobre el piso, no había rin rin rin posible hasta las dos o tres de la tarde en que la resaca disparaba efluvios de vigilia. Pero aquel día yo tenía una cita. Pactada por la dinamita de una mujer que se atrevió a considerar mis palabras como cierta pulsión de cotidianidad suya, muy suya, intrínsecamente suya. Entonces baño agua caliente (poros abiertos para evaporar los grados gay lussac), agua fría para cerrar tejidos y enjabonar el cuerpo como supuesta anestesia al hedor noctámbulo que persevera en los sudores y en los alientos… Cepillo y pasta que indefectiblemente y por descontado, me provocan inmoderados ascos como si quisiera sacar a pasear los intestinos (incluso sin gota de alcohol de por medio). Si me lavo los dientes es por simple y llana higiene, pero no por gusto a la bio a la bao a la bim bom bá. Desodorante en catarata. Golpe en la barbilla frente al espejo como actitud de galanazo playero dispuesto a la conquista de bañistas en bikini. Tsuru rojo en marcha rumbo a la consumación del ego y la vanidad del escritor que levantó suspiros en la Coleccionista de Soterradas Historias. Dato anecdótico: obvio, voy retrasado por tanto esmero en la selección de atuendo negro, Beatles en la portada barriga pecho para no variar… Quedamos a las doce y yo me bajo del caballo carmesí por ahí de la media hora más. Voy al sitio acordado para ratificar si la admiradora es tan leal como audaz. Insisto, de que se me inflama la soberbia hasta lo globos de cantoya me vienen chicos… Paso sin pasar, llego sin llegar. Es decir que primero doy un par de rondines para echarle un ojo al material… ¿Soy denigrante u honesto? Échele a la balanza, lector. Miro de reojo a una menuda mujer de cabellos largos y mirada lánguida maravillosa. Escaneo: minifalda negra, piernas delgadas bien plantadas = pechos grandes sólidos. Saco las mejores credenciales de mi atribulada humanidad. Voy al desbarrancadero. Hola yo soy… Mucho gusto… Estoy nerviosa… Yo también… No suelo hacer esto nunca… Te quería conocer… Te leo… No te engaño, traigo una cruda proverbial… Vamos a comer, te invito… Subimos al último piso de la Casa del Portal. Restaurante fresa y caro para las porciones que suponen los precios y mi apetito gabinete ampliado. Sin embargo, escritor quiere quedar bien ante los ojos miel y la boca de terciopelo que cerveza oscura tras cerveza oscura, revelaría los empeños de una mujer post-adolescencia con ganas de subirse a la vorágine devastadora del pis and lov. Me gusta el teatro, soy actriz, quiero dedicarme a eso… La tarde se prolongó hasta los mil doscientos pesos. Borrachos nos dimos el primer beso. Largo y sin cortapisas. Lengua contra lengua como si ambos desde la prehistoria del amor… Simplificamos aduanas y nunca nos exigimos pasaporte bucal, por el contrario, sólo la explicación del tú a tú que se desliza por intercambio de hálitos más allá de la moralidad permitida en una bucólica mesa de bien nacido restaurante moreliano. Mejor no dar función sin cobrar entradas. Se nos calentaba el motor y los meseros nos tragaban de reojo. Pagamos. Salimos a la cantera. Surfeamos la ciudad con inmoderada indecencia. Nos refugiamos en el Callejón del Romance, pero hasta el nombre comparecía guango porque lo nuestro aquella tarde sobrepasaba los sustantivos amatorios y se suspendía en una interminable burbuja del tú aquí y yo quiero hurgar en todos tus centímetros. Pura y absoluta dermis. Y fue tan caótico como honesto. Tan bomba atómica como aleteos en el vientre. Tan terremoto como inaudito. Excepcional. Fotografía. Grabado indeleble. Cuántos amoríos deben pagar peaje semana tras semana mes por mes año tras año para apenas conseguir la promesa de la mano sudorosa o hasta que la muerte los separe, y por el contrario, nunca desenmascarar los misterios del otro, los ventrículos de ese corazón fruto que se devora a mordidas en la encrucijada ahora más natural y sin quejidos moralistas. Hicimos lo nuestro en alguna banca de ese parador ilustre y quedamos exhaustos de la naturalidad con que dos fauces se devoran sin ofertas, sin demandas…

Desde entonces pasaron innumerables circunstancias que no aportan al melodrama porque sencillamente no lo hay. Entre dragones el fuego es veneno. Quizás nos habremos asistido muertes lentas dos o tres o cuatro veces sin mayor oficio que la despedida. Ya luego se matrimonió, cambió de ciudad, divorció, volvió sobre sus pasos. Me extirpó de su curriculum cuando necesitó regalarse intensas dosis de prudencia y cordura. Pero bien sé que de vez en vez se le desatan los demonios y refrenda su enjundia cavernícola. La última vez dijo que lo suyo: familia estable, fotografías sobre el buró, pantuflas, pijama a prueba de balas… Que el teatro no y la oficina con escritorio sí, la tienda departamental, la productividad sin dejos alcohólicos, sin gatillo en los sesos, sin vuelcos en las papilas gustativas… Supongo que una vez más me asesinó.

antoniomonter@hotmail.com

mayo 25, 2011 Publicado por | Uncategorized | Dejar un comentario

   

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