Hijos tiranos
Para todos los niños que no se bañan
Lo último que hice antes de transformarme en zombie fue oler los calcetines sucios de mi hijo. Bueno, eso me contó Lilibeth. Observó la escena y por más arrojo en el intento por salvarme (cámara lenta de mujer en pleno vuelo hacia mí con el rostro aterrado ante mi condición suicida… costalazo contra el piso metro y medio antes), no logró interrumpir el proceso mano-calcetín izquierdo-calcetín derecho-nariz-inhalar-pérdida absoluta del conocimiento.
Tú hijo tuvo la culpa, él te dijo, él te sugirió. Seguro te quería en calidad de autómata para evitar que lo metieras a bañar.
Pero… si apenas tiene siete años. Mi amigo el Pollo estudia Criminología y asegura que la profundidad maliciosa se alcanza por ahí de los diez, y eso cuando los niños crecen en medio de un ambiente hostil, adverso y violento.
Puedes creer lo que quieras, pero te digo: YO LO VÍ.
Cuando las mujeres hablan en mayúsculas, más allá de considerar sus palabras como verdades o certezas incuestionables, el hervidero que traen dentro puede equipararse a la explosión de quince volcanes como el Vesubio. Mejor no contradecirlas en lo más mínimo.
A ver, cuéntame… Le dije con un sonsonete periodístico que a ella no le gustó. Torció la boca: si no me crees es tu bronca. Sólo piensa que estuviste a punto de sufrir un daño cerebral irreversible. Si no es que ya…
Ignoré su sarcasmo.
Diez minutos después: ¿De verdad te interesa saber?
Pos luego…
Terminamos el desayuno. Le explicaste mil quinientas bondades de bañarse por la mañana: que si fresquecito, que si con más ánimos, que si el agua caliente para abrir los poros y arrojar toxinas, que si el agua fría es bondadosa para el torrente sanguíneo y la circulación… Total, que la doctoral argumentación de tu parte, fue un cincuenta por ciento sólo para mí. Cuando concluiste con aquello de cuerpo sano…
Bueno, la otra mitad le habrá resultado aleccionadora.
Ollin subió a su cuarto con el último bocado del jotqueik todavía en los cachetes, escuchó la palabra baño y desapareció. Cuando concluiste con aquello de cuerpo sano ya nada más eras tú y tu monólogo: “ser o no ser, cuál es más digna acción del ánimo…” Lilibeth se desternilló de risa, inclemente.
¿Ni siquiera tú me pusiste atención?, émula (¿eh, mula?) de Hamlet.
Tuve que salir a tirar la basura, escuché la campana y ya sabes que si no es el domingo, se nos queda rezagada toda la semana… se hacen moscas… una fuente de infección…
Corte a: media hora más tarde cuando L terminó su disquisición respecto a la peligrosidad nuclear de nuestros desperdicios orgánicos e inorgánicos, pasando por la idea de construir una composta e importar gusanillos para producir tierra cultivable. Mi cuerpo de cetáceo varado estará siempre protegido en la sede de grinpís (Greenpeace, para que los puristas no arranquen los cabellos ante mi irreverencia ecológica).
Total que fuiste hasta su recámara para, según tú, domesticar su ánimo desobediente e insubordinado con un choro mareador freudiano. De principio sólo obtuviste una hilera de húmedos chisguetes directa a los anteojos, obvio, provocó que te quitaras los lentes multidioptrías y para terminar pronto: te cegó. Luego se arrojo sobre ti para llevarte hasta su territorio ring arena de boxeo lucha libre cama individual sin tender… por cierto, a ver si ya le enseñas ¿no?
¿Y?
¿Y, Monter? ¿Y? ¿Acaso no recuerdas nada?
No. Estoy bloqueado. Desde que desperté y me contaron eso de los zombies…
Ollin trepó hasta tus hombros con habilidad circense. Ya arriba tomó impulso para someterte. Tus ciento cinco kilos rebotaron en las cuerdas…
¿Cuerdas? ¿Cuáles?
Perdón, me dejé llevar por la crónica, ya ves, eso de cohabitar con un periodista.
Humanidad sobre el colchón. Manita de puerco, te picó los ojos, te aplicó la Wilson, la Nelson, la Quebradora y te sacó del ring, te fuiste pa´bajo cual largo y ancho.
¿Y Ollin ni se inmuto?
Qué va, se puso la máscara de Hombre Araña y subió y subió y subió…
¿Hasta dónde?
Arriba del ropero y gritó algo así como: “enséñame un padre y te escribiré una tragedia”.
Parafraseó a Scott Fitzgerald.
¿Ves ahora los resultados de tus enseñanzas? Luego saltó al vacío y se topó con tu estómago. Seco. Costal. Te quedaste sin aire desde los dedos gordos de los pies hasta la última cavidad neuronal. Un plof sordo se magnificó por toda la casa. Te veías miserable. Excremento sobre el asfalto. Deforme. Plastilina en clase de preescolar.
¿Y por qué no me defendiste? Nomás mirando…
Luego me sales con la cantaleta de los derechos de los niños. Pero mira, justo en ese instante cuando te supo inerme y desamparado, se zafó uno a uno con parsimonia y delicada bajeza, los calcetines con los que el día anterior fue a la escuela y con los que anduvo descalzo la mañana entera… si, como él no los lava… En ese instante supe sus intenciones y corrí a salvarte, pero fue inútil, fue demasiado tarde.
Aquellos calcetines llegaron primero a mi nariz.
Exacto, y como tratabas de respirar por el golpe en el estómago… te los fumaste completitos, como careta de oxígeno en el Seguro Social.
Ahora entiendo, no sólo la pérdida de conocimiento sino el malestar estomacal que ni la peor de las borracheras…
Después pasó muy orondo junto a mí y me dijo muy bajito, apenas perceptible al oído: “Desgraciado el país que necesita héroes”.
Esa frase es de Bertolt Brecht.
Tomó su bata, una toalla y se metió a la regadera. Mientras yo intentaba alivianarte con un poco de alcohol para quitarte ese color verdoso y la condición de zombie, Ollin se puso a cantar a voz en cuello desde el baño: “…para hacer que el tirano caiga y el mundo siervo liberar, soplemos la potente fragua que el hombre libre ha de forjar…”
Yo creo que mejor deberíamos descolgar el retrato del Che Guevara y dejarlo que vea los programas de Chespirito, ¿no crees?
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