Con los labios de él
Me senté en la banqueta para fumar un cigarro y perder un poco el tiempo. Había quedado con ella a las seis de la tarde en General Anaya y apenas eran las cinco. Los alrededores del metro Revolución ofrecen un cotidiano maravilloso por sincrético, la mezcla de lo urbano se condensa en la prisa de los transeúntes que acumulan estrés en las arrugas de la cara, la vorágine citadina del Distrito Federal, lugar común. La piratería es un mar de probabilidades y perspectivas por diez o quince pesos, el último disco del grupo de moda, la película sin estrenarse en cartelera ya en clon DVD, la porno que anuncia como estelares los desenfrenos amatorios captados por una cámara supuestamente oculta en los hoteles de paso. Si aparezco en alguna, podría cobrar los derechos correspondientes o bien sufrir una depresión si acaso resulté filmado en alguna ineficacia eréctil… mejor no. A mi lado, unos muslos me ofertaron el paraíso del relajamiento muscular, masaje, estimulación oral y dieciocho posiciones traducidas al español por quinientos pesos. Voy a eso, expliqué a la pelirroja, nada más que me detuve a tomar un poco del aire blindado por la contaminación. Se fue y me quedé contemplando sus poderosas nalgas inyectadas, una más grande que la otra, calculé el peso, demasiado rigor siliconado para tenerlas encima. Un hombre con lentes oscuros me ofreció los productos de una sex shop, cabinas XXXX incluidas. ¿Cuatro equis? ¿La incorporación de la cuarta significará algo así como el Cuarto Reich de la pornografía? Sin duda un tema para desarrollar una investigación de lúbrica profundidad. Otro día. Caminé hasta los torniquetes del metro y dejé atrás el boulevard de las ansias y los deseos, para ir en pos de la entrepierna realidad de María. Abordé el segundo tren, menos repleto que el anterior, cabía mi humanidad en un resquicio del vagón. Dos estaciones adelante subieron ellos. La espalda de la mujer quedó contra mi pecho, él y yo cruzamos miradas fugaces, suficientes para hacer notoria la rivalidad de un duelo a muerte no declarado, me hubiera gustado cruzarle la cara con un guante blanco. La abrazó y le pidió un beso que se alargó todo el trayecto hasta Pino Suárez. Me sentí incómodo, ridículo ante el arrebato bucal de los amantes. Consideré exigirle que se lavara los dientes en el hotel antes de besarme. Avanzó el convoy y continuaron su espectáculo, lo hacían con tal frugalidad y desenfado que no sólo yo me devoraba el intercambio de hálitos, una decena de pasajeros atendían el resuello labial. Aproveché un freno inmoderado del conductor para untar mi frente con su detrás, ella actuó un tropiezo en el momento de arrancar y clavó la punta de su tacón en mi empeine. Me dolió pero callé. Me miró de reojo por el reflejo de la ventanilla, encontré partículas diminutas de animadversión y suspendí el acoso subterráneo, después de todo en San Antonio Abad, el gusano naranja abandona la profundidad terrestre para correr a la intemperie por el medio de avenida Tlalpan. Ni forma de esconder la maliciosa cachondez en plena luz de día. Consideré que ella tenía todo el derecho de entablar una legítima defensa de su espacio físico. Busqué en el panorama una distracción y no conseguí más que afinar el oído. ¿Vouyerista auditivo? Vamos a bajarnos aquí y buscamos un hotel. Descenso continuo, el vagón se liberó y ellos se alejaron un par de metros, me costaba trabajo escuchar a pesar del esfuerzo de espía. Ya te dije que no puedo, el sábado, te prometo que el sábado vamos a donde quieras. ¿Qué es tan importante hoy? La entrega del proyecto, me pidieron que sin excusa esté listo a las cuatro. ¿Ya lo tienes avanzado? Me falta corregirlo, pero en eso tardo horas. Quedaron libres dos asientos, ella y él los ocuparon y eso propició otro colapso amoroso. Quedaron lejos para continuar con la intromisión en la charla y saber cómo terminarían los pretextos para no acostarse con él. Festival de sentidos, del tacto furtivo al oído fisgón, el recurso ante la lejanía: la vista, la contemplación. Las medias le iban bien con el color de la piel, el pelo suelto, la ropa holgada, los pechos diminutos, la nariz larga y recta, así, en pedazos, como un rompecabezas. General Anaya, me acerqué a la puerta para descender, ella se despidió y bajó con premura, miró su reloj como si tuviera prisa. Me costó trabajo alcanzarla y seguirle la zancada, breve y rítmica. Uno al lado del otro, como dos extraños subimos por la escalera y hasta llegar a la calle decidimos que ya era prudente ingresar en la venturosa versión de lo prohibido.
- Otra vez llegas tarde, son las seis veinte
- Tú también
- ¿Te dolió el pisotón?
- Creo que me hiciste un orificio en el pie
- Te lo merecías, la próxima…
- No habrá próxima, la siguiente coincidencia me bajo o me cambió de vagón
- Te pasaste, te he dicho que se pone loco cuando siente celos
- ¿Me pondría una madriza?
- Mínimo, no sabes meter las manos, Monter
- ¿No?
- No, ni ahí.
- María, déjalo…
- Ya lo hablamos, ¿no?, es mi novio desde la universidad, de verdad lo quiero. Además, ¿vas a dejar Morelia y vas a mudarte al defe?
- No
- ¿Entonces?
- Era una propuesta al vuelo.
- ¿Me ayudas a corregir mi proyecto?
- Sabía que me pondrías a trabajar
- ¿Tenemos toda la noche?
- Y mañana, me voy el sábado en la tarde.
- ¿Preparas el jacuzzi y me pides un ginebra en las rocas?
- Pero te lavas los dientes.
- Tarado, es para que sepas a qué sabe.
Me dio un beso largo, todavía con los labios de él.
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