Burlesque72

Abrí los ojos, estaba la noche…

Insulso, banal y anodino: Yo

Indómito e indisciplinado como soy, sólo podría aspirar a que me gobernara la manía noctámbula de ejercer la contemplación (que igual podría ser matutina o vespertina, pero la noche es menos hipócrita e incólume ante la moral doble, además aborrezco mi somnolencia matutina). Sin más. Vaso frenesí vodkero en mano. Ojotes bien abiertos. Zoom in o grandilocuente lupa a los lupanares donde las directrices cotidianas no son aquellas que la correcta política y el buen dormir. Ni pantuflas ni pijama. Pero de entrada, esos territorios lumpen, que de tan sórdidos hasta parecen igualarse al cotidiano laboral, no son en exclusiva las cantinas los bares los burdeles los callejones las alcantarillas o cualquiera de las cavidades ventriculares de la ciudad. Si algunos de mis reducidos (en cantidad, que no en tamaño) lectores, encorsetan mis desvaríos escriturales en la cutánea e invariable repetición del sexo, los alcoholes y el rocanrol, es decir, en la insuficiencia renal periodística, pues motivos y sesudos análisis habrán realizado para concluir que Virgilio Burlesque Boy, debería (deontológicamente, aunque suene a reiteración o Perogrullo) aprovechar su cuestionable armamento neuronal y los seis mil caracteres semanales (indebido derroche), para dar cuenta de temas más prósperos a las urgentes necesidades de la desmoronada nación mexicana. Es decir, malhechor, canallesco y facineroso por mal utilizar el tiempo de los otros… Pérfido, dirían las abuelas exquisitas, instruidas en el bolero trío guitarrero siglo pasado. Truhán. Bandido. Pero hay un Dios que castiga una y mil veces a los de tu especie con un patíbulo incandescente, donde el cadalso será la diatriba contra ti y los tuyos relatados hasta la ignominia, y la soga, tu inexistencia en los circuitos periodísticos e intelectuales: No darás conferencias, cursos o talleres destinados a los canonizados vitalicios, amén. No aparecerás en las presentaciones de libros organizadas por la Secretaría de Cultura a menos que un amigo tuyo sea el encargado de Salas de Lectura, y los autores sean ¡oh, gran pecado! ajenos a Michoacán, amén. No aparecerás en el palomeo de listas de los autonombrados “Periodistas”, amen. Y menos, menos, menos que menos Monter, en aquellos inventarios auto inventados por los notables “Escritores Michoacanos”, ya sean poetas o narradores. Si acaso un cronista bajo la mesa. Y ya en el afán de la tiniebla, no esperes tu fotografía en el cuadro de honor académico, de los que sí son, los que sí saben, los que sí leen, los fabulosos, lo que sí imparten sesudas clases, sí hablan en lenguas extranjeras, sí traducen el latín y sí acumulan horas vuelo en interpretaciones y análisis… ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero… amén. No aparecerás. Es el destierro. Y todo, porque mi destemplada educación fue al cobijo de quienes entienden el periodismo y la escritura como un acto lúdico en principio, placentero por encomienda e irreverente por salud mental. La mía, por lo menos. Y, bueno, ¿a qué tanta alharaca macilenta? La crónica en doble carril hacia un mismo destino: 1) Lugar: Facebook, la aterradora red social, dónde, dicen mis alumnos… todo se sabe o de todo se entera uno, cómo si algún omnisciente Gran Hermano nos observara con su monóculo joyero Monte Pío. El pecado cometido: Publiqué en mi muro (para los neófitos por indiferencia o desdén, algo así como la fachada de mi casa) que hace las veces de graffiti comunitario, una entrevista de la reportera Sanjuana Martínez en la que obtiene declaraciones lapidarias sobre la guerra antinarco del secretario de Seguridad Pública (entonces en Torreón, hoy en Quintana Roo), general en retiro Carlos Bibiano Villa. Sarcástico, soez y aventurado como el Borras o Quasimodo, ¿sin modo?, aderecé la nota extraída del periódico La Jornada con un guiño exacerbado: “joyita periodística… a ver si un día en Morelia fashion journalist”. Zas. Golpe bajo. ¡Cómo se atreve! Y si debo añadir espumarajos a mi sentencia, no es la primera vez. Veredicto: Entrañable amiga por nombre Yazmín David, agobiada por mis empeños aerostáticos, dejó su puntal firma y comentario: Empieza por poner el ejemplo mi querido Monter!!!!!!!! Con tanto signo admiración de continuo quedé atónito y sin palabras. O tal vez me las comí… tragué. 2) Alumno me asalta a medio patio escolar, que si puedes venir al salón porque el profe Omar nos leyó tu texto de la semana anterior y quiere una réplica contigo… Entré a lo que presagiaba un linchamiento, sobre el pizarrón proyectado a gran escala el burlesque pasado. Maestro, me dijo muy cortés y respetuoso como gentleman erudito que sin duda es: queremos saber: y este texto… ¿qué? El flashback inmediato. Cuando mi madre preguntaba a bocajarro y sin mediar contexto o explicación ¿y esto, Contesté, amable: ¿Y ese texto, qué de qué? Insistió mi docente amigo con el que hace años, muchas noches de dominó: Queremos sabequé?, significaba que ya le hervían los interiores a la jefa y vendría entonces la monumental reprimenda. Así fue cuando se topó con mi primera pornorevista en la mochila o el condón iniciático en mi precoz cartera. Ya vendrían hallazgos peores que mejor no relatar. r, ¿qué? Apareció Jorge Negrete para colaborar: Que lo entienda, que lo entienda, si es que lo sabe entender… y si acaso, no lo entiende, hay que ayudarlo a entender… filosofía que ni Heidegger. En pocas y netas palabras, mi colaboración semanal fue adjetivada de insulsa, banal, anodina, insustancial… Escribir acerca de un niño que se resiste, no a bañarse, sino a ser obligado a tal menester, y que para ello, tendrá que doblegar a su autoritario padre en una lucha máscara contra cabellera calcetines malolientes de por medio… para después de ganar la batalla y proferir algunas célebres frases, tomar la toalla y se meterse a la regadera para cantar “La Internacional”, no es de hombres comprometidos. Me dicen que debería ocupar mi columna en opinar sobre alianzas indebidas en el estado de México… por mencionar algún tema “caliente” de los que me fueron propuestos… ¿Será?

marzo 29, 2011 Publicado por | Uncategorized | Dejar un comentario

Hijos tiranos

Para todos los niños que no se bañan

Lo último que hice antes de transformarme en zombie fue oler los calcetines sucios de mi hijo. Bueno, eso me contó Lilibeth. Observó la escena y por más arrojo en el intento por salvarme (cámara lenta de mujer en pleno vuelo hacia mí con el rostro aterrado ante mi condición suicida… costalazo contra el piso metro y medio antes), no logró interrumpir el proceso mano-calcetín izquierdo-calcetín derecho-nariz-inhalar-pérdida absoluta del conocimiento.

Tú hijo tuvo la culpa, él te dijo, él te sugirió. Seguro te quería en calidad de autómata para evitar que lo metieras a bañar.

Pero… si apenas tiene siete años. Mi amigo el Pollo estudia Criminología y asegura que la profundidad maliciosa se alcanza por ahí de los diez, y eso cuando los niños crecen en medio de un ambiente hostil, adverso y violento.

Puedes creer lo que quieras, pero te digo: YO LO VÍ.

Cuando las mujeres hablan en mayúsculas, más allá de considerar sus palabras como verdades o certezas incuestionables, el hervidero que traen dentro puede equipararse a la explosión de quince volcanes como el Vesubio. Mejor no contradecirlas en lo más mínimo.

A ver, cuéntame… Le dije con un sonsonete periodístico que a ella no le gustó. Torció la boca: si no me crees es tu bronca. Sólo piensa que estuviste a punto de sufrir un daño cerebral irreversible. Si no es que ya…

Ignoré su sarcasmo.

Diez minutos después: ¿De verdad te interesa saber?

Pos luego…

Terminamos el desayuno. Le explicaste mil quinientas bondades de bañarse por la mañana: que si fresquecito, que si con más ánimos, que si el agua caliente para abrir los poros y arrojar toxinas, que si el agua fría es bondadosa para el torrente sanguíneo y la circulación… Total, que la doctoral argumentación de tu parte, fue un cincuenta por ciento sólo para mí. Cuando concluiste con aquello de cuerpo sano…

Bueno, la otra mitad le habrá resultado aleccionadora.

Ollin subió a su cuarto con el último bocado del jotqueik todavía en los cachetes, escuchó la palabra baño y desapareció. Cuando concluiste con aquello de cuerpo sano ya nada más eras tú y tu monólogo: “ser o no ser, cuál es más digna acción del ánimo…” Lilibeth se desternilló de risa, inclemente.

¿Ni siquiera tú me pusiste atención?, émula (¿eh, mula?) de Hamlet.

Tuve que salir a tirar la basura, escuché la campana y ya sabes que si no es el domingo, se nos queda rezagada toda la semana… se hacen moscas… una fuente de infección…

Corte a: media hora más tarde cuando L terminó su disquisición respecto a la peligrosidad nuclear de nuestros desperdicios orgánicos e inorgánicos, pasando por la idea de construir una composta e importar gusanillos para producir tierra cultivable. Mi cuerpo de cetáceo varado estará siempre protegido en la sede de grinpís (Greenpeace, para que los puristas no arranquen los cabellos ante mi irreverencia ecológica).

Total que fuiste hasta su recámara para, según tú, domesticar su ánimo desobediente e insubordinado con un choro mareador freudiano. De principio sólo obtuviste una hilera de húmedos chisguetes directa a los anteojos, obvio, provocó que te quitaras los lentes multidioptrías y para terminar pronto: te cegó. Luego se arrojo sobre ti para llevarte hasta su territorio ring arena de boxeo lucha libre cama individual sin tender… por cierto, a ver si ya le enseñas ¿no?

¿Y?

¿Y, Monter? ¿Y? ¿Acaso no recuerdas nada?

No. Estoy bloqueado. Desde que desperté y me contaron eso de los zombies…

Ollin trepó hasta tus hombros con habilidad circense. Ya arriba tomó impulso para someterte. Tus ciento cinco kilos rebotaron en las cuerdas…

¿Cuerdas? ¿Cuáles?

Perdón, me dejé llevar por la crónica, ya ves, eso de cohabitar con un periodista.

Humanidad sobre el colchón. Manita de puerco, te picó los ojos, te aplicó la Wilson, la Nelson, la Quebradora y te sacó del ring, te fuiste pa´bajo cual largo y ancho.

¿Y Ollin ni se inmuto?

Qué va, se puso la máscara de Hombre Araña y subió y subió y subió…

¿Hasta dónde?

Arriba del ropero y gritó algo así como: “enséñame un padre y te escribiré una tragedia”.

Parafraseó a Scott Fitzgerald.

¿Ves ahora los resultados de tus enseñanzas? Luego saltó al vacío y se topó con tu estómago. Seco. Costal. Te quedaste sin aire desde los dedos gordos de los pies hasta la última cavidad neuronal. Un plof sordo se magnificó por toda la casa. Te veías miserable. Excremento sobre el asfalto. Deforme. Plastilina en clase de preescolar.

¿Y por qué no me defendiste? Nomás mirando…

Luego me sales con la cantaleta de los derechos de los niños. Pero mira, justo en ese instante cuando te supo inerme y desamparado, se zafó uno a uno con parsimonia y delicada bajeza, los calcetines con los que el día anterior fue a la escuela y con los que anduvo descalzo la mañana entera… si, como él no los lava… En ese instante supe sus intenciones y corrí a salvarte, pero fue inútil, fue demasiado tarde.

Aquellos calcetines llegaron primero a mi nariz.

Exacto, y como tratabas de respirar por el golpe en el estómago… te los fumaste completitos, como careta de oxígeno en el Seguro Social.

Ahora entiendo, no sólo la pérdida de conocimiento sino el malestar estomacal que ni la peor de las borracheras…

Después pasó muy orondo junto a mí y me dijo muy bajito, apenas perceptible al oído: “Desgraciado el país que necesita héroes”.

Esa frase es de Bertolt Brecht.

Tomó su bata, una toalla y se metió a la regadera. Mientras yo intentaba alivianarte con un poco de alcohol para quitarte ese color verdoso y la condición de zombie, Ollin se puso a cantar a voz en cuello desde el baño: “…para hacer que el tirano caiga y el mundo siervo liberar, soplemos la potente fragua que el hombre libre ha de forjar…”

Yo creo que mejor deberíamos descolgar el retrato del Che Guevara y dejarlo que vea los programas de Chespirito, ¿no crees?

 

marzo 23, 2011 Publicado por | Uncategorized | Dejar un comentario

Cisnes negros

...te quedarás con este montón de nada.Flashback resumen: “Bajé a las catacumbas y ya ves, aquí estoy, completita”. Clara sostenía la mirada retadora. Invítame un ron ¿no? Clara, tú no tomas. Ya ves que sí, me dijo, fui a las catacumbas, al infierno, tú debes saber. Dejé la lectura de Pound y antes de cerrar el libro se adhirió a mis anteojos la primera frase de un poema:

“Saliste de la noche con flores en las manos.”

¿Anunciación? Sospeché que Clara había vuelto a fumar. Había dejado el vicio. Por salud mental y porque la última vez habló con Dios para solicitarle su jubilación, la de él que no la de ella. “Causó ya demasiado mal en el mundo y yo debo ocupar el lugar de Dios”, me había dicho una tarde soleada en que llegó a la casa con la mirada turbia, los ojos como semáforo en rojo, al borde de la histeria por un vaso de agua. Si me regalas agua te doy mi cuerpo. Me sacó de balance su propuesta y lo primero que hice fue mirar los garrafones vacíos. No la invité a pasar, pero ya estaba sentada en el sillón bebiendo un litro de mezcal. Severo viaje, en el punto donde la sed y la risa. Clara navegaba por mares ignotos comprimidos en refractario de vidrio, la miré a través del cristal que se aferraba a los labios ansiosos, resecos, saturados de surcos navegables. Tenía las facciones deformadas. Un imperio de saturación era evidente y la crudeza de ese rostro era inevitable. Apenas seis meses atrás, Clara se graduaba con honores como periodista en la Carlos Septién y me había buscado para asesorarla en su trabajo de tesis.

Correo electrónico to antoniomonter@hotmail.com: Señor Escritor o debo llamarlo Señor Periodista. Desde que mi padre dejó sobre la mesa un periódico de Michoacán justo en la página de su artículo, hace siete años, me prendí de usted, de su columna llamada Burlesque. Sepa que eso obligó a mi madre a hablarme de sexo, pues aunque nunca me restringió que lo leyera, no era agradable que su niña de 14 años coleccionara textos de erotismo trasnochado, mujeres inconclusas y enfermizas, alter egos emparentados con el ron, el tequila y todo el diccionario que invariablemente se ha inventado usted cada semana para describir la noche, su noche, a partir de entonces también la mía. Para qué se lo describo si usted es el autor. Turbio, lo imagino turbio. Soberbio quizá. Tal vez me equivoque, pero me encanta la manera en que publicita los acantilados. Le pido me conteste. Requiero asesoría para mi tesis. Le parece como punto intermedio entre usted y yo… ¿Bukowski?

“Esperando la muerte como un gato que va a saltar sobre la cama”

C.

Explicación no pedida, acusación manifiesta: Declaro que nunca la toqué. Nunca le puse un dedo encima. Después de aquella tarde enyerbada, Clara salió de la casa y nunca volví a mirar con vida. Fue algún año nuevo cuando me avisaron que su ausencia sería definitiva. Sucumbieron las palabras de su cuerpo, como un lápiz, sus piernas rayaron mi cuaderno y escribieron cosas mientras la ginebra se desbordaba por mi boca. Frente al precipicio de una nostalgia y una canción de Joaquín Sabina, un poema de Verlaine y las doce campanadas…

Correo electrónico to antoniomonter@hotmail.com: Señor Escritor o debo llamarlo Señor Periodista. Me entregaste al martirio de perderte entre mis manos en una caja de laca china. Tu perfume veraniego que huele a decepciones, a partidas sin explicación. Aspiro, suspiro, respiro. Quiero enfermarme de ti. Me deposito en este mar furioso y me entregó a él sin resistencia. Vaciaste los relojes de arena, agotaste sus minúsculas partículas. Lo tangible no es honesto, como tú, aquí a mi lado. Quedé sorda, muda, diluida en tus sombras húmedas, labios rojos, lóbrega parálisis. La luna te ilumina la mitad del rostro, dibuja sombras en el universo de tu falaz constelación. Tu piel mentirosa que asiste lo mismo devaneos que desventuras, que tritura la sequedad de mis huellas digitales. Tu piel es ímpetu descarado, es la barda que separa tu sangre de mis besos, de estos labios que discurren tontamente la memoria de tu cuerpo. Amas a perpetuidad desde tu isla utópica. Pero huyes entre los matorrales del veneno, del recuerdo. Y yo te adopto sin reclamarte nada, te acepto y te diluyes en mis vértebras. Eres embrujo, Nigromante. Y yo divido la noche entre tu recuerdo y los fantasmas de mi soledad. Mis dedos somnolientos ansían tus cavidades, padecen abstinencia y se devoran a sí mismos. Ya dormida parezco muerta. Me asfixié en un beso largo y asimétrico. Lúgubre. Mi piel laxa, seda cristalina, madera, cancionero que musita en los oídos los adioses contenidos. Miseria colectiva. Miseria de soledad cuando te alejas encima de esos tacones firmes, decididos, los tuyos, los míos. Tuve que rasgar tus engaños para no enfermarme más de ti. Dejar morir tus venas. Acorde último. Exactitud de sinfonía. El tic tac inmarcesible, el abandono pertinaz de la sombría mirada, los adioses reclamados y devueltos. Revueltos. Re ¿vueltos? Caminas por las paredes siniestras entorchadas de ira, fino en tu andar de araña mutilada, mirada gélida, sueltas la tarascada en los abrojos de lo que alguna vez fueron mis pulmones, mi aliento se diluye entre tus laminosas piernas. Ácidos alabastrinos. Frenesí de una boca que se traga un par de senos encendidos. Borrasca. Vértigo. Ninfa encarcelada en el contorno perpetuo de una estatua. Caligrafía agreste de rumores amatorios, de ansiedades que arden en la hoguera de la furia, del paroxismo sardónico… infinito. Ánimas que arrojan la pasión en un bramido. Remanso efímero de una sonrisa elástica. Invitación constante a desobedecer la gravedad. Orbito a ti. Tus ardientes cimas se revientan en diluvios de obsidiana, tus simas de humedad incandescente. Llueve por mi geografía, por mi vientre. Soy un ojo que te mira. Silencio otra vez. El ruido de la memoria te nombra en el vacío. Mi ruina no hace mella alguna en tu belleza. Soy tu burdel, asististe a mí con frecuencia, antes que desaparecieran los burlesques y las ficheras, antes que los teibols te dejaran en ruinas con el deseo contenido. Me entiendes, sé que me entiendes…

No es mi muerte lo que me preocupa, eres tú que te quedarás con este montón de nada.

Adiós,

C.

 

marzo 15, 2011 Publicado por | Uncategorized | Dejar un comentario

Con los labios de él

 

Me senté en la banqueta para fumar un cigarro y perder un poco el tiempo. Había quedado con ella a las seis de la tarde en General Anaya y apenas eran las cinco. Los alrededores del metro Revolución ofrecen un cotidiano maravilloso por sincrético, la mezcla de lo urbano se condensa en la prisa de los transeúntes que acumulan estrés en las arrugas de la cara, la vorágine citadina del Distrito Federal, lugar común. La piratería es un mar de probabilidades y perspectivas por diez o quince pesos, el último disco del grupo de moda, la película sin estrenarse en cartelera ya en clon DVD, la porno que anuncia como estelares los desenfrenos amatorios captados por una cámara supuestamente oculta en los hoteles de paso. Si aparezco en alguna, podría cobrar los derechos correspondientes o bien sufrir una depresión si acaso resulté filmado en alguna ineficacia eréctil… mejor no. A mi lado, unos muslos me ofertaron el paraíso del relajamiento muscular, masaje, estimulación oral y dieciocho posiciones traducidas al español por quinientos pesos. Voy a eso, expliqué a la pelirroja, nada más que me detuve a tomar un poco del aire blindado por la contaminación. Se fue y me quedé contemplando sus poderosas nalgas inyectadas, una más grande que la otra, calculé el peso, demasiado rigor siliconado para tenerlas encima. Un hombre con lentes oscuros me ofreció los productos de una sex shop, cabinas XXXX incluidas. ¿Cuatro equis? ¿La incorporación de la cuarta significará algo así como el Cuarto Reich de la pornografía? Sin duda un tema para desarrollar una investigación de lúbrica profundidad. Otro día. Caminé hasta los torniquetes del metro y dejé atrás el boulevard de las ansias y los deseos, para ir en pos de la entrepierna realidad de María. Abordé el segundo tren, menos repleto que el anterior, cabía mi humanidad en un resquicio del vagón. Dos estaciones adelante subieron ellos. La espalda de la mujer quedó contra mi pecho, él y yo cruzamos miradas fugaces, suficientes para hacer notoria la rivalidad de un duelo a muerte no declarado, me hubiera gustado cruzarle la cara con un guante blanco. La abrazó y le pidió un beso que se alargó todo el trayecto hasta Pino Suárez. Me sentí incómodo, ridículo ante el arrebato bucal de los amantes. Consideré exigirle que se lavara los dientes en el hotel antes de besarme. Avanzó el convoy y continuaron su espectáculo, lo hacían con tal frugalidad y desenfado que no sólo yo me devoraba el intercambio de hálitos, una decena de pasajeros atendían el resuello labial. Aproveché un freno inmoderado del conductor para untar mi frente con su detrás, ella actuó un tropiezo en el momento de arrancar y clavó la punta de su tacón en mi empeine. Me dolió pero callé. Me miró de reojo por el reflejo de la ventanilla, encontré partículas diminutas de animadversión y suspendí el acoso subterráneo, después de todo en San Antonio Abad, el gusano naranja abandona la profundidad terrestre para correr a la intemperie por el medio de avenida Tlalpan. Ni forma de esconder la maliciosa cachondez en plena luz de día. Consideré que ella tenía todo el derecho de entablar una legítima defensa de su espacio físico. Busqué en el panorama una distracción y no conseguí más que afinar el oído. ¿Vouyerista auditivo? Vamos a bajarnos aquí y buscamos un hotel. Descenso continuo, el vagón se liberó y ellos se alejaron un par de metros, me costaba trabajo escuchar a pesar del esfuerzo de espía. Ya te dije que no puedo, el sábado, te prometo que el sábado vamos a donde quieras. ¿Qué es tan importante hoy? La entrega del proyecto, me pidieron que sin excusa esté listo a las cuatro. ¿Ya lo tienes avanzado? Me falta corregirlo, pero en eso tardo horas. Quedaron libres dos asientos, ella y él los ocuparon y eso propició otro colapso amoroso. Quedaron lejos para continuar con la intromisión en la charla y saber cómo terminarían los pretextos para no acostarse con él. Festival de sentidos, del tacto furtivo al oído fisgón, el recurso ante la lejanía: la vista, la contemplación. Las medias le iban bien con el color de la piel, el pelo suelto, la ropa holgada, los pechos diminutos, la nariz larga y recta, así, en pedazos, como un rompecabezas. General Anaya, me acerqué a la puerta para descender, ella se despidió y bajó con premura, miró su reloj como si tuviera prisa. Me costó trabajo alcanzarla y seguirle la zancada, breve y rítmica. Uno al lado del otro, como dos extraños subimos por la escalera y hasta llegar a la calle decidimos que ya era prudente ingresar en la venturosa versión de lo prohibido.

- Otra vez llegas tarde, son las seis veinte

- Tú también

- ¿Te dolió el pisotón?

- Creo que me hiciste un orificio en el pie

- Te lo merecías, la próxima…

- No habrá próxima, la siguiente coincidencia me bajo o me cambió de vagón

- Te pasaste, te he dicho que se pone loco cuando siente celos

- ¿Me pondría una madriza?

- Mínimo, no sabes meter las manos, Monter

- ¿No?

- No, ni ahí.

- María, déjalo…

- Ya lo hablamos, ¿no?, es mi novio desde la universidad, de verdad lo quiero. Además, ¿vas a dejar Morelia y vas a mudarte al defe?

- No

- ¿Entonces?

- Era una propuesta al vuelo.

- ¿Me ayudas a corregir mi proyecto?

- Sabía que me pondrías a trabajar

- ¿Tenemos toda la noche?

- Y mañana, me voy el sábado en la tarde.

- ¿Preparas el jacuzzi y me pides un ginebra en las rocas?

- Pero te lavas los dientes.

- Tarado, es para que sepas a qué sabe.

Me dio un beso largo, todavía con los labios de él.

 

marzo 1, 2011 Publicado por | Uncategorized | Dejar un comentario

   

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