Te miro…
en la penumbra hechiza que fabrico para devorarte, en mis palabras inermes que llevan el tufo de la reiteración, en mi pánico arbolado de soledad, en esta cama donde resuelvo mis temores más nítidos, a tu lado, en estas trizas inconformes de mi piel, en la fábula deliciosa que nadie cree, en la recriminación más simple, en el compadecerte y fingir un te quiero, en las reminiscencias de ciudad, de luces neón y farolas descompuestas, en la solidaridad de nuestro perro escuálido que se murió ayer atropellado, en la mente que uso por primera vez para pensarte, en la catarsis de la noche sin rutina, en la morosa astucia de tu boca que me besa en el ombligo, en tu lengua curtida por tanto repasar erecciones mías y de todos en turno, en tus retinas que apenas dejaron de llorar y soltar espasmos, en la cortina raída donde ya se filtra el sol de la mañana, en la emergencia de alimentarte bien y que ya no se te dibuje la piel en las costillas, en la posibilidad de alguna vez comprarte un vestido azul sin lentejuelas, en la idea firme de nuestra revolución con esperanzas de quedar vivos, en la angustia que me invade cada ausencia de tus pies con callos, en el mientras y en el después del beso, en los tacones rascacielos con los que taladras la duela del cuarto, en tu vacilar de piernas espigadas, en el andar lúdico de esquina a esquina. en la vorágine de tu voluntad y mis quinientos pesos, en el pago por adelantado, en la botella que vaciamos en el estómago a tragos largos, en el danzón que bailamos sobre machas oscuras de nicotina, en la ambiciosa mezcla de sudores tibios, en la raya tersa que divide tu cuerpo, en la rapidez con que desnudas el mundo, en la notable aspereza de tus manos, en el te platico y no me escuchas, en el te duermes y yo fumo, en el te escribo y no me lees, en el soy música y no me escuchas, en el soberano todo poderoso del que siempre vamos a dudar, en el insobornable cuidador del paraíso, donde siempre te has querido entrometer y no te dejan, en el poema cursi que te escribo y haces confeti para evitar el conjuro de tener que amarnos, en el beso que te doy en los párpados, en tus ojos de espejo donde las miserias se vuelven mínimas, en el calibre de la pistola que te pongo en la cabeza, en la cien que estalla cuando penetra la bala, en tu sangre que bebo en un vaso para jaibol con refresco mineral, en tus alas de murciélago, listo para la mordida al cuello, en tus melodiosas ironías sobre la felicidad humana, en los consejos que me das para que no te extrañe, en el filoso abismo donde nos tiramos para conspirar unidos sólo por el dedo meñique, en los trazos de melancolía donde dibujo corazones atravesados por flechas, en mis preguntas rencorosas por las ansias de futuro, en tu capacidad alabastrina para no mentir, en tu respuesta siempre no y en el pero y en el sin embargo, en el resultado de los dados sin ánimos de azar, en mi ficción de ti aquí bajo las sábanas, en el vértigo de saber que importa más el resultado que tener los ases en la mano, en la brutalidad que se arroja a carcajadas sobre el porvenir, en la construcción de historias sobre exilios, en la sacudida de tu vientre que me deja enjuto, en la violación de códigos no escritos sobre lo que fuimos, en el riesgo de ahorcarnos con las piernas mientras el sesentaynueve, en el ron que eructo cuando te muerdo la nariz, en la franqueza de mis dedos que te exploran sin clemencia, en tus orificios donde aspiro tu aliento y tu perniciosa digestión, en la dócil vitalidad de tus pechos angelados, en el tener que crecer y ser adulto, en el dejar el biberón para subrir a la resbaladilla, en la nostalgia por el vientre y por el cordón umbilical, en la rigidez del viento cuando nos convertimos en piedra, en el finiquito que me dejas sobre la almohada cuando te vas, en tu demora de infierno antes del camuflaje otra vez en la costumbre, en la risa que sacude mi futuro, en la página del suplemento donde terminarás como empezaste, como la nada que miro y que no tengo. Al final del Motel te esfumas, quiero sonreír y la mueca es un suspiro alcohólico, pestilencia de resaca que intentó dignificar una vez más el ideario de las prostitutas. Hace frío, con tanto calor en la piel del cuerpo.
El infierno en mis dedos
Qué siento cuando te toco. Qué siento. Qué siento cuando mi mano comienza por tu ombligo. Cuándo lucho contra tu cinturón que ya aprendí a soltar con una ligera presión entre índice y pulgar. Qué siento. Cuándo meto mi mano bajo tu calzón y comienzo a sentir ese ejército de pelillos recortados, como cabeza de militar, de casquete corto. Te toco. Siento como te abres, cómo estás partida por la mitad como todas las mujeres, con la diferencia de que tú no eres todas las mujeres, sino la mía. Tocarte significa poseerte, sí, en la versión del macho que domina a su hembra y lo constata con la trasgresión de su intimidad más sagrada, es mía desde ahí dentro, desde su entraña. Mirarte la cara, mirar cómo te transforma el deseo, cómo esa mirada se entrecierra y se nubla y va y viene y se deja ir, se aleja, se te van los ojos hacia adentro y tengo miedo de que no vayan a regresar, no sé si lo hago bien o mal, si mi técnica es buena, si soy demasiado rudo o tierno, no pienso en eso. Te toco y me sorprende lo amigable de tu cuerpo, lo hospitalario conmigo como si yo fuera un huésped frecuente y conociera meticulosamente tus recovecos, como si me hubieras dado un mapa dos dedos a la izquierda, seis de frente y tres a la derecha para descubrir tu clítoris, ese pedazo de carne húmedo, tu montículo diminuto que me encanta sorber, botón de encendido, play, timbre, ding dong, para calentarte, para abrasarte, para subirte la temperatura, para saber si me deseas también y como preámbulo para invadirte. Recibes mi mano con la violencia de un torrente que se precipita en ansiedad desde tu interior, quiero tocarte los senos, tu ombligo, las que nombras tus lonjas, la entrepierna, tu vagina. Meter mano intenta ser un preámbulo para incinerarte, para cogerte, para cabalgarte, para penetrarte, para todo eso y más. Lo sabes, me lo preguntaste bajo las sábanas, te lo respondí y lo grito cada vez que puedo, cuando tus ausencias me trastornan la existencia y soy un guiñapo, un indigente, una franela de lavacoches, un niño abandonado en ciudad desconocida, una nada que requiere de todo porque ya tiene noción de la existencia de algo, de ti, de la posibilidad, de la promesa, de una trasformación mutua. Tu cuerpo es el infierno en mis dedos.
-
Recientes
-
Enlaces
-
Archivos
- Enero de 2009 (2)
- Diciembre de 2008 (1)
- Noviembre de 2008 (1)
- Agosto de 2007 (2)
-
Categorías
-
RSS
Subscripciones RSS
RSS de los Comentarios
