Burlesque72

Abrí los ojos, estaba la noche…

Cien libélulas para Camelia

Camelia no bailaba en las mesas como el resto de de sus compañeras, estaba en ese congal por lástima que le tenía la dueña. Me contó que un día llegó a Morelia procedente de Veracruz, no hacía mucho, unos tres meses atrás, no me dijo por qué y yo no insistí en saber su pasado. Le dolía hablar de eso, respeté su silencio, pero me inquietó su cadavérica figura, su menudo cuerpo sin carnes, enjuta, dibujada en los huesos, ninguna descripción sería capaz de acercarse siquiera a la realidad cruel que denotaba su piel. Aparentaba una anciana y sólo 16 años registraba desde su nacimiento, su acta, un papel amarillento y sucio, eran el único cargamento con el que llego a la ciudad, para identificarse por lo menos, decía. No supe si para identificarse ante la gente como una mal nacida, definición que ella se propinaba, o para identificase consigo, Camelia Narda González Carrera, esto soy al menos, un nombre, cuatro palabras y un reducido cuerpo donde encontrar cierta identidad. Al menos este papel me pertenece porque dice quien soy. Se acercó a mi mesa a ofrecerme cigarros, boletos para un sexy o un téibol, unos chicles o mínimo, una ayudadita. Me dijo que por cincuenta pesos podría darme una chupadita en el cuarto del fondo. Le invité un refresco y le dejé sobre la mesa un billete de cien. Aceptó sentarse a conversar. No acabó la secundaria y emigró del puerto, no tenía familia y se quedaba en ese bar maloliente que cerraba hasta que el sol terminaba por desplazar a la noche. Comía lo que le regalaban o lo que podía robarse en algún mercado, vivía de la gente caritativa y de su habilidad, decía, con la boca. Tengo mi encanto y algunos me vienen a buscar, los más pobretones que no tienen para pagarse una de las otras. Tenía los labios partidos, secos, con despojos de un rosa pálido, llevaba los dientes sin lavar y la sonrisa que intentaba a veces se transformaba en una mueca de desazón y miedo. Le expliqué que yo no estaba ahí para encontrar sexo, que regresaba de la ciudad de México henchido por una voraz crisis alcohólica que ya no me permitió manejar un kilómetro más. Encontré abierto el lugar y me incorporé al abismo para restablecer mi pulso, para quitarme la temblorina ya casi confundida con mal de parkinson. ¿Eres un borrachote?, me preguntó sin miramiento alguno, Más o menos, le respondí con una carcajada franca que me acercó a ella en términos de solidaridad, los dos estábamos ahí más solitarios que nada y con un intenso miedo por el mundo de afuera por las razones que fueran. Le pregunté si sabía leer, me dijo que sí, le regalé un libro que bajé del coche por la manía de traer siempre uno en la mano. Era un libro de poesía contemporánea, Sabines, Neruda, Huerta, Bartolomé. Pagué y me despedí de ella. Me alcanzó en la puerta y me pidió que me despidiera con un beso, como si la gran amistad, dijo. Le anoté mi teléfono en la palma de su mano, por si necesitas algo o quieres saludarme, los amigos lo hacen de vez en cuando. Dos semanas después me llamó, quedamos de vernos en el bosque Cuauhtémoc, junto a la fuente. Impuntual como soy, ya me estaba esperando cuando aparecí, sería la una de la tarde y el sol caía a plomo, mala hora para vernos, le expliqué mi eterno conflicto con el calor y mejor nos fuimos a una fondita cerca de ahí, nos sentamos al lado de un ventilador y le invité una torta, comimos gustosos dos tortas de mole cada uno, yo me manché la camisa y ella quiso lavarla en el baño. No, eso sería una grosería a la vista de todos, imagínate mis lonjas expuestas a las miradas ajenas. Se rió en serio. Noté que había cierta ingenuidad reservada en su mirada, me la regaló a mí y a punto estuve de ponerme a llorar. No lo hice por cuidado de no turbarla. Me encantó el libró, por eso te llamé, para que me regales otro. Me sorprendió. Charlamos de los amorosos y fue fascinante atestiguar la aprehensión de las palabras que había conseguido Camelia en esos textos. Sólo traigo uno en el coche, si quieres vamos y te lo regalo. Se fue muy contenta con un libro de Villaurrutia. Desapareció un mes, pensé que jamás se reportaría y que nuestra amistad ya profunda por ser a través de la literatura sería efímera en el ámbito de la temporalidad. Volvió a llamar, te espero en el bosque, en la tarde cuando ya no haga tanto calor. Pactamos en vernos a las seis. Me esperaba con una sonrisa, se veía repuesta, con algún color en las mejillas, se le notaban menos los huesos. Son tus libros los que me han traído la vida. Quedé atónito y maravillado. Espero que me hayas traído otro regalo. Asentí. Esta vez le llevé una colección de cuentos para jóvenes. Se puso feliz. Nos sentamos en el pasto y charlamos de mi vida, de mis cosas, mis gustos, mis manías, mis aficiones e incluso, vaya, de mis amores. Se acercó y me dio un beso en los labios, mentiría si declaro que fue un beso inocente o de amigos. La niña de 16 compartía su lengua con alguien que le doblaba la edad, en público, en un parque, con luz de día. Duró bastante y luego nos abrazamos hasta que un bicho volador me hizo levantarme y correr unos pasos atemorizado. ¿Le tienes miedo a una libélula? Le tengo miedo hasta a las hormigas, confesé. A mi me encantan las libélulas, son divertidas y se ve que son tan libres… Bueno, ya me voy, te cuidas, echó a correr sin más. Fue la última vez que la vi. Como no telefoneó la busqué en el burdel don de la primera vez. Me contaron que había enfermado de hepatitis y que no soportó ni quince días. La enterraron en la fosa común. Le había platicado de mí y me entregaron un sobre que pensaba darme en nuestro próximo encuentro. En el interior había una hoja con un dibujo y una frase: las libélulas son tan libres como los besos que se quieren dar sin cobrar por ellos. Salí destrozado con unos seis rones en las venas. Ahora bosquejo libélulas en mi cuaderno, las copio de la que ella me regaló. No soy hábil en eso, pero intento aprender en cada trazo para después arrojarlas al cielo, libres, como ella ahora. Me faltan muchas, apenas llevo cuarenta y tres.

Noviembre 18, 2008 - Publicado por burlesque72 | Uncategorized | | 1 comentario

1 comentario »

  1. quiero darle las gracias por un momento de realida

    Comentario por tani martinez | Diciembre 23, 2008


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