Burlesque72

Abrí los ojos, estaba la noche…

Mis dedos en tu piel, nostalgia por una mano

I. Pulgar

Primero eran las cuatro dactilares: del índice, del corazón, del anular y del meñique. Sobre un minúsculo trozo de tu vientre del lado izquierdo, sin presión, perceptible
apenas por el roce de esas ondas que impresas en tinta delatarían mi identidad. Un mitin dérmico a cuatro dedos. Ya luego aterrizaba el pulgar, la fotografía digital ancha y gorda que se extendía impresa en franca línea recta por tu ecuador. Tus dedos caminaban en dirección a mi ombligo, tu mano semejaba una araña torva, lisiada, que arrastraba una pata por detrás de las otras, sin prisa, se detenía en cada tejido, en cada célula, medías en milímetros la margen de mi planisferio. A veces se aburría de tu piel y penetraba en tu boca, entre tus labios iba y venía como segueta cortando fierro, sin desesperación ni ánimos de terminar, se minaban por mi falange los restos húmedos de un supuesto manifiesto erótico, con residuos de tu trago de vodka siempre en las rocas.

II. Índice.

Dicen que sirve para señalar, indica, ¿indica qué?, ya en las salientes de mis pechos sólo eran círculos, interminables, el túnel del tiempo o la espiral lisérgica, pis an lov, la sicodelia sin música, sólo la repetición supongo involuntaria de jugar con un pezón como si fuera pelota pegada al piso. Imaginaba que algún día se tendría que desprender, con tantas vueltas que yo le prodigaba, insistente y necio, como si ese chícharo de pronto se transformara en la perilla de un reloj o en un botón que me regalaría unas notas de Berlioz después de oprimirlo, exprimirlo. A veces llorabas y yo tenía que pedir perdón. Me silenciabas con el mismo dedo sobre mi boca, querías mirarme callado, desnudamente callado, mientras sollozabas y rechinabas los dientes, te guardabas tu dolencia bajo una mirada de odio.

III. Corazón

Me dijiste que así se llamaba, me reí, es un pito, aclaré, cómo va a ser un corazón. Así se llama el dedo medio, explicaste paciente, sacaste el libro y hasta dibujos frente a mis ojos para imponer tu exquisita academia, para denunciar y dejar al descubierto mi formación alburera, forjada en la teoría del maestro Rafael Inclán y las películas de ficheras. Cerraba los ojos y sólo te pedía un poco de amabilidad, conmiseración para con mi clítoris, la sutileza que no tenías con mis senos cuando la sangre te hervía. Me gusta tu ranura, decías en mi oído y yo reía por la ocurrencia de tu sustantivo. Mientras experimentaba primero la suavidad de tu yema en el ir y luego la rugosidad de tu uña en el venir, imaginaba tu dedo repasando una y otra vez la abertura de la alcancía donde nunca pudiste guardar más que la imaginación por la riqueza, siempre fuiste un despilfarrador. Mi dedo como preludio.

IV. Anular

Sin anillo. Tus manías de rascarte la nariz o empujar por el puente tus lentes contra la nariz, cada treinta y tres segundos mientras me hablabas de Carlos Fuentes. Golpeabas la mesa para seguir el ritmo, si era un son cubano o un danzón mucho mejor. Me servía para el requinto, compositor frustrado cuando tocaba la guitarra, notas vagabundas sobre el colchón de la matrimonial, sin rumbo fijo, acostumbradas a la libertad de visitar cualquier enjambre acústico, de tu cuerpo, de mi soledad cuando dormías cansada a pierna suelta y en el delirio del ronquido sin medida. Me mordía el anular, antes de borrar lo escrito, al carajo el intento de poesía, sobre el teclado para la k, la l, la p, no gran cosa, en tu piel para repasar tu mejilla, para aquietar las lágrimas, para catapultar los mocos cuando niño.

V. Meñique

Me fastidia el nombre. Pobre de este pequeñuelo que ni para hacer cosquillas. Si fueras pianista le tendrías respeto, ¿sí o no? Tienes cuatro más, por eso lo desprecias. Tu defensa era certera, el que tiene menos fuerza y por lo mismo el más tenue, el más grácil, el más etéreo. Aún así, tus sinónimos no lo enderezan, lo tengo chueco, ya lo ves, curva visible hacia el hermano anterior. ¿Hermanos?, me preguntabas. Sí, míralos en su conjunto, será el día en que los extrañarás como está escrito. Levanta tu ron y observa la elegancia del meñique. Es un huevón, no hace nada. Por lo mismo, tal vez mi nostalgia de él, proviene de lo que nunca hizo. Y sin embargo, siempre anduvo divertido en tu piel. Apreciaba su recuerdo sobre cierta habilidad dérmica desarrollada entre ambos, sin embargo, ahora todo se volvió pretérito, toda esta felicidad figurativa siempre antes de la embolia.

Agosto 13, 2007 - Publicado por burlesque72 | Uncategorized | | 4 comentarios

4 comentarios »

  1. QUE TE PARECE???!!!!! QUE ABRAS LA PAGINA Y TE ENCUENTRES LA FOTO, DEL QUE EN ALGUNA OCACION TE DIO CLASES EN LA UDEM. exelente -DIRIA YO-

    ME A ENCANTADO LEER ESTE ESPACIO. SOBRE TODO PARA PODER SALUDAR Y DESEARLE MUCHOS EXISTOS MAS DE LOS QUE YA SUPONGO TIENE!!!.

    GABY AVILA

    comentario por GABY AVILA | Octubre 14, 2007

  2. Toñoooo, estás igualito en el dibujo. No te había descubierto…

    Hola… visitando por vez primera tu blog (y la página de La Voz). Yo escribo para ti, ¿no? je je

    comentario por LATA | Diciembre 6, 2007

  3. sólo para resaltar que el meñique es el que mas se siente y se aprecia ji ji, te sigo la pista y que haya mas burlesque!!!porque estoy deacuerdo que la noche es otro boleto.saludos profe!!!

    comentario por ELIA CORRO POMPA | Abril 7, 2008

  4. Toñito!!! Nunca dejes de escribir!!! Un beso!

    comentario por Ada | Octubre 7, 2008


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