Mis dedos en tu piel, nostalgia por una mano
I. Pulgar
Primero eran las cuatro dactilares: del índice, del corazón, del anular y del meñique. Sobre un minúsculo trozo de tu vientre del lado izquierdo, sin presión, perceptible
apenas por el roce de esas ondas que impresas en tinta delatarían mi identidad. Un mitin dérmico a cuatro dedos. Ya luego aterrizaba el pulgar, la fotografía digital ancha y gorda que se extendía impresa en franca línea recta por tu ecuador. Tus dedos caminaban en dirección a mi ombligo, tu mano semejaba una araña torva, lisiada, que arrastraba una pata por detrás de las otras, sin prisa, se detenía en cada tejido, en cada célula, medías en milímetros la margen de mi planisferio. A veces se aburría de tu piel y penetraba en tu boca, entre tus labios iba y venía como segueta cortando fierro, sin desesperación ni ánimos de terminar, se minaban por mi falange los restos húmedos de un supuesto manifiesto erótico, con residuos de tu trago de vodka siempre en las rocas.
II. Índice.
Dicen que sirve para señalar, indica, ¿indica qué?, ya en las salientes de mis pechos sólo eran círculos, interminables, el túnel del tiempo o la espiral lisérgica, pis an lov, la sicodelia sin música, sólo la repetición supongo involuntaria de jugar con un pezón como si fuera pelota pegada al piso. Imaginaba que algún día se tendría que desprender, con tantas vueltas que yo le prodigaba, insistente y necio, como si ese chícharo de pronto se transformara en la perilla de un reloj o en un botón que me regalaría unas notas de Berlioz después de oprimirlo, exprimirlo. A veces llorabas y yo tenía que pedir perdón. Me silenciabas con el mismo dedo sobre mi boca, querías mirarme callado, desnudamente callado, mientras sollozabas y rechinabas los dientes, te guardabas tu dolencia bajo una mirada de odio.
III. Corazón
Me dijiste que así se llamaba, me reí, es un pito, aclaré, cómo va a ser un corazón. Así se llama el dedo medio, explicaste paciente, sacaste el libro y hasta dibujos frente a mis ojos para imponer tu exquisita academia, para denunciar y dejar al descubierto mi formación alburera, forjada en la teoría del maestro Rafael Inclán y las películas de ficheras. Cerraba los ojos y sólo te pedía un poco de amabilidad, conmiseración para con mi clítoris, la sutileza que no tenías con mis senos cuando la sangre te hervía. Me gusta tu ranura, decías en mi oído y yo reía por la ocurrencia de tu sustantivo. Mientras experimentaba primero la suavidad de tu yema en el ir y luego la rugosidad de tu uña en el venir, imaginaba tu dedo repasando una y otra vez la abertura de la alcancía donde nunca pudiste guardar más que la imaginación por la riqueza, siempre fuiste un despilfarrador. Mi dedo como preludio.
IV. Anular
Sin anillo. Tus manías de rascarte la nariz o empujar por el puente tus lentes contra la nariz, cada treinta y tres segundos mientras me hablabas de Carlos Fuentes. Golpeabas la mesa para seguir el ritmo, si era un son cubano o un danzón mucho mejor. Me servía para el requinto, compositor frustrado cuando tocaba la guitarra, notas vagabundas sobre el colchón de la matrimonial, sin rumbo fijo, acostumbradas a la libertad de visitar cualquier enjambre acústico, de tu cuerpo, de mi soledad cuando dormías cansada a pierna suelta y en el delirio del ronquido sin medida. Me mordía el anular, antes de borrar lo escrito, al carajo el intento de poesía, sobre el teclado para la k, la l, la p, no gran cosa, en tu piel para repasar tu mejilla, para aquietar las lágrimas, para catapultar los mocos cuando niño.
V. Meñique
Me fastidia el nombre. Pobre de este pequeñuelo que ni para hacer cosquillas. Si fueras pianista le tendrías respeto, ¿sí o no? Tienes cuatro más, por eso lo desprecias. Tu defensa era certera, el que tiene menos fuerza y por lo mismo el más tenue, el más grácil, el más etéreo. Aún así, tus sinónimos no lo enderezan, lo tengo chueco, ya lo ves, curva visible hacia el hermano anterior. ¿Hermanos?, me preguntabas. Sí, míralos en su conjunto, será el día en que los extrañarás como está escrito. Levanta tu ron y observa la elegancia del meñique. Es un huevón, no hace nada. Por lo mismo, tal vez mi nostalgia de él, proviene de lo que nunca hizo. Y sin embargo, siempre anduvo divertido en tu piel. Apreciaba su recuerdo sobre cierta habilidad dérmica desarrollada entre ambos, sin embargo, ahora todo se volvió pretérito, toda esta felicidad figurativa siempre antes de la embolia.
Dos vasos con la certera porción del olvido
Amigo. ¿Hecho cenizas y escuchando música de elevador? Quizá los vientos de eternidad se terminaron, los invencibles no sembraron tulipanes perennes y sólo nos dimos cuenta con tu abruta manera de partir. Uno se muere. Uno es finito. Caímos en la cuenta de que la mejor manera de morir es suicidarse con la sonrisa iluminada en las algebraicas noches de huída. Huíamos. Teníamos miedo. Nos bañamos por dentro con nuestras gloriosas anécdotas, con el cimiento de una circunstancia que nos era ajena, que nos rebasó en la inmediatez. En realidad nunca apostamos al futuro, nos inscribimos en la comunidad del minuto irrestricto hasta el límite. Forjamos. En todas las cantinas repartimos cheques sin especificar la cantidad. Nunca le vimos la sotana y la hoz, nunca descubrió su esqueleto, se filtró amistosamente por las venas del más vulnerable, del menos correoso, distendió tu abdomen y te redujo el hígado a un amasijo de plastilina, como esos que a veces mi hijo olvida en el patio, bajo el sol se puso tieso, brotaron las perforaciones internas y sangraste en abundancia, por tu estómago se distribuyeron los océanos de ron, de ginebra, de piedras y bulls, de sangrías bicolores como los avisos en tu piel, encendiste la bomba y el tequila subió hasta tus ojos que simulaban dos enormes tinacos amarillos. Repletos, inflamados, sin gritos de auxilio, esta vez sin llantos imaginarios. Todo fue real, la soledad, la amargura, la magnitud del que invierte y nada consigue, los pagos uno tras otro y la deuda en vez de disminuir ensanchaba nuestras caderas, tu vientre. Tus brazos, tus piernas, eran popotes, cañas que no soportaban ya la tercera tanda frente a la batería, las baquetas dos plomos y el rock una monserga porque en los últimos días preferías los tríos, la salsa, lo que fuera excepto el silencio que tanto beneficio te hubiera hecho. Alguna vez escucharte a ti, dialogar con ese que sólo dejabas filtrarse a cuentagotas, te cortaste el pelo para ver si eso contribuía a espantar los zopilotes, en realidad bajaban a comer de tu mano y los acariciabas, te mirabas en ellos y te persiguieron hasta el final. Me hice a un lado. ¿Me salvé? Los últimos cuatro meses quise desentenderme, desdecirme de la promesa del último vaso, te interné en el hospital, ahí comencé a olvidarme de ti. Sin más. El diablo me dijo al oído: se acabo. Luego la ciudad de México y tú en el féretro y yo sin poder llorar, y Morelia y los abrazos y la rudeza gris, la violencia del vacío. Amigo, no eres ejemplo para ninguno, no me la creo, sigo en la brega cotidiana sin amansar los demonios, se me aparecen en las esquinas para exigirme angustias o cigarros y trato de apaciguarlos con toneladas de palabras escritas por otros y terapia y el reencuentro laboral con ciertas habilidades periodísticas. La mano de Ollin ahuyenta la posibilidad de sufrimiento y con su mirada transparente asiente que es lógico el dolor sin perderse en el arrebato del destino. Me invita a construir, le ayudo con los tornillos de su nueva bicicleta, leemos juntos, nos agotamos en las cosquillas y en la risa franca, generosa, espléndida, tenemos planes para un jardín y plantas y flores y un columpio donde quepamos los dos, para mirar el atardecer y musitar canciones de Cri Cri. Si soy Bukowski o Ruvalcaba a él lo tiene sin cuidado, necesita un padre, un humano a su lado que le dé cierta ruta, empujón, fortaleza y seguridad para aprender a cruzar las calles, para matar arañas, para soportar este país que se consume en la estupidez política. Pala y cemento, amarro varilla, coloco cimientos, bebo ron por las noches y fumo en exceso frente a la ciudad, parece menos hostil, menos burda, menos impropia, menos avasalladora. Amanece 2 de agosto y tú estás muerto, te fundiste y es tiempo de abandonar la caja fúnebre en algún bar o congal de tercera, con música de los Stones o de Rigo, con llanto, con dolor, con astucia, con la felicidad que celebra la vida en esas muertes que a la distancia serenan nuestras decisiones y albedríos. Estás muerto. Estoy vivo. Déjame urbanizar con tu recuerdo, subsiste callado, no digas que estás ahí, no des señales. Serví dos vasos con nuestra porción de olvido, sin refresco, a lo macho… Salud.
PD: Estás muerto, sin duda esta carta la escribí para mí.
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